27/09/2021

¿Disuasión de la producción y el empleo?

Abdón Espinosa Valderrama, El Tiempo, Bogotá, marzo 3 de 2011

No solo de petróleo y del atesoramiento de su fortuna pueden vivir y alimentarse los pueblos.

El diario Portafolio, en su editorial del lunes pasado, expresa cierta inquietud por el contraste entre la magnífica suerte del comercio y la muy modesta de la industria en el curso del 2010. Aunque los resultados económicos de ambos son positivos, el crecimiento de 12,8 por ciento del primero, con aumento espectacular de 48 por ciento en la venta de vehículos, deja muy atrás el 4,7 por ciento de la manufactura. Con el agravante de que el personal ocupado en esta bajó 1,1 por ciento y de que la producción real sufrió reducción de cerca del 3 por ciento con relación al máximo del 2007. La conclusión es la de que “la base productiva se está desplazando hacia actividades menos intensivas en mano de obra y en valor agregado”.

Cabrá preguntarse si dicha tendencia obedece a factores accidentales o transitorios, como el vertical descenso de las exportaciones a Venezuela, o si hay cosas más de fondo y de mayor permanencia. En primer lugar, cabe observar el eclipse del entusiasmo por la industrialización del país. Cesaron de existir o cambiaron de rumbo los organismos que la facilitaban y promovían. Lejos están los tiempos en que se fundaban universidades para abrirle el camino o se instalaba una serie de fábricas para utilizar el material de Acerías Paz del Río o se hacían planes indicativos y se facilitaba su realización o se establecían derroteros como los que le permitieron a Corea del Sur dar el gran salto hacia el desarrollo. Tratándose de producir en masa y de abaratar costos, se procuraba ensanchar el mercado mediante la asociación y la complementación con otros en instituciones como la del Grupo Subregional Andino, piezas de una integración a nivel superior.

La apertura hacia adentro de comienzos de la década de los noventa en el siglo pasado arrasó con muchos de esos promisorios frutos, a la vez que redujo fuertemente el área sembrada y sustituyó con importaciones parte considerable de la producción y el empleo nacionales. El Consenso de Washington, después revisado, se aplicó a rajatabla en América Latina con el aliciente de los créditos internacionales. O se adoptaban sus derroteros o no había empréstitos de los organismos financieros internacionales. Los resultados negativos o mediocres indujeron en casi todas partes a buscar criterios más flexibles y con mejores rumbos. En todo caso, se perdió la confianza en el modelo único, aunque se persistiera en varias de sus orientaciones y finalidades.

En la actualidad, hay un elemento disuasivo de la producción nacional. Son los asomos de “enfermedad holandesa” por el auge de las inversiones en minería y petróleo y la apreciación del tipo de cambio. Desde el principio, se ha advertido este riesgo, tratándose de actividades que no requieren mucho empleo, pero que se traducen en caudalosos ingresos y rendimientos que inducen a desalentar las exportaciones de otros rubros y a privilegiar sus importaciones.

Esta especie de bonanza, todavía en pañales, lleva a traer lo que más se pueda del exterior, sin caer en la cuenta de lo que en materia de empleo significa la producción nacional. O de cuanto el trabajo agrícola debe aportar a la seguridad alimentaria. O de la ocupación y el valor agregado de la industria.

Hoy por hoy, los precios de los productos básicos auguran prosperidad en sus naciones de origen. A su turno, la escasez mundial de alimentos incita a consagrar grandes esfuerzos para producirlos con destino al consumo interior y exterior.

Los derrumbes de las tiranías en el Medio Oriente y el norte del África demuestran que no solo de petróleo y del atesoramiento de su fortuna pueden vivir y alimentarse los pueblos. También necesitan empleo, ingreso, comida, salud, educación y algo más: libertad y democracia.

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