27/09/2021

Deseos y realidad

Libardo Gómez Sánchez, Diario del Huila, Neiva, enero 3 de 2011

Se conoce un dicho popular que reza: “pensar con el deseo”, que se refiere a la costumbre de muchos de hacer pronósticos basados en sus propias expectativas ilusiones y no en el análisis de la realidad; es un poco lo que le ocurrió a quienes cayeron ingenuamente en las pirámides esperando cuantiosas utilidades sin el menor esfuerzo, o a quienes compran el baloto y sin que se realice el sorteo comienzan a distribuir entre sus sueños y afectos el premio gordo, o lo que le ocurrió a millones recientemente al ungir como presidente de Colombia a quien representa la continuidad de los desastres que ya venían, deseando que se tratara de algo nuevo. De igual forma, cuando un año se termina, es apenas natural desplegar la imaginación dibujando en la mente lo que se quiere en los tiempos por venir y ocurre regularmente que el tamaño del deseo corresponde con lo que la vida nos ha permitido tener, así el que ha sufrido de hambre quisiera disponer de un plato permanente de comida que le evite en el futuro las dolorosas contracciones de un estómago vacío; el que carece de techo añora una vivienda digna que lo guarezca de las inclemencias que ofrece vivir a la intemperie; quien sufre de enfermedades, espera que finalmente exista un sistema de salud que lo atienda sin que la calidad de la misma se vea condicionada por su capacidad económica; el que no ha logrado cancelar las facturas de servicio público y vive en la penumbra, ruega por disponer de un mínimo vital en el suministro de agua que garantice la satisfacción de necesidades básicas; el desempleado sueña con alguna oportunidad de trabajo en la que se le ofrezcan condiciones mínimas de bienestar como seguridad social y estabilidad; estos por supuesto son los deseos de las mayorías. Pero las minorías también tienen sus ilusiones: nuevas áreas de negocio para colocar sus capitales, especialmente en la explotación de recursos minerales y el control de monopolios anteriormente estatales, garantías para la especulación financiera, gobiernos dóciles a sus intereses que legislen para facilitar el tránsito de sus inversiones y les otorguen ventajas tributarias y de mercado que aumenten la tasa de ganancia.

Por supuesto que las unas y las otras son absolutamente incompatibles, pues los deseos de los segundos únicamente se pueden cumplir con bajos salarios, pírricos niveles de regalías, altas tarifas en servicios públicos y libre movilidad de capitales y utilidades, es decir, todo lo que atente contra el interés nacional y que Santos y la unidad nacional están dispuestos a otorgarles.

El único escenario en que en este período de nuestra historia, se conjuguen armoniosamente los deseos del capital y el trabajo, se configuraría si la política de desarrollo apuntara a fortalecer el mercado interno y con ello al crecimiento de la industria y la producción agrícola nacional, trabajo y salarios para muchos compatriotas que amplíen la demanda y el crecimiento del consumo de bienes y servicios a proveer por las empresas con capital nacional y extranjero.

Pero para que esto sea posible, es necesario terminar con el reinado de los vendepatria e iniciar un período de cambios de quienes dirigen y de las políticas con las que lo hacen, no nos vaya a ocurrir nuevamente que caigamos en otro engaño y no hagamos caso de otro sabio refrán popular que nos advierte que: “el hábito no hace al monje”.

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