31/07/2021

Si en lo ambiental llueve en lo social no escampa

Andrés Hernando Bodensiek, Bogotá, 18 de enero de 2011

Más allá de sembrar alarmas apocalípticas infundadas, es claro que el horizonte que se avizora para este nuevo año, en términos climáticos y sociales, es más que preocupante. Todo se torna de castaño a oscuro. En materia ambiental el panorama es desolador. Principiando la década se manejaban teorías propias de la globalización, según las cuales, a lo largo de la historia el clima siempre había tenido ciclos caprichosos y nefastos en los cuales cambia, y que dado el fenómeno de la comunicación mundial instantánea, lo que se había incrementado no eran las catástrofes climáticas sino la información y la inmediatez que sobre ellas se tenía, gracias a la utilización de nuevas tecnologías. Incluso en esta década que concluye, se llegó a discutir entre la comunidad científica si el cambio climático era un fenómeno existente y acelerado por la acción del hombre, o si por el contrario era una exageración de ambientalistas fanáticos que no veían lo “natural” del proceso.

Aunque en la actualidad el debate está superado y la comunidad científica se ha puesto de acuerdo en torno a que, efectivamente el cambio climático es un problema global que amenaza la supervivencia de la raza humana, las soluciones concretas parecen estar aún a años luz de materializarse. Son muchos los intereses en juego, y son titánicos los pasos que deben tomar las naciones para taponar el bache desde el fondo, y es que tapar el bachecito sale bien caro y los dueños del Capital prefieren, dentro de su lógica individualista, ver a la tierra hundirse en cataclismos evitables antes que ceder un ápice de sus ganancias.

En las más recientes catástrofes invernales que han ocurrido, entre otros países, en Alemania, Australia, Brasil, Venezuela, y Colombia, sólo por mencionar lo acontecido en los dos últimos meses, ha sido el leitmotiv catalogarlas como “las peores de la historia”, y de seguro lo son, de hecho el año 2010 tuvo el preocupante record de ser el año “más mortífero en toda una generación” en lo que a desastres naturales se refiere (http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias…). Lo terrible y lo temible no es aceptarlo sino pensar en que cada vez puede ponerse peor, en que aún no es suficientemente grave como para llamar la atención de los jefes de las grandes industrias o de los yupies de wall street y mucho menos de los gobiernos para que encuentren al fin la concordia en este tema que debe alejarse, el menos en este aspecto, por lo menos una vez en la historia reciente, de la dinámica monetaria y codiciosa con la que se guían nuestras sociedades en la actualidad.

Para ilustrar un poco el punto vale la pena mencionar que entre este aciago grupo de eventos calamitosos toman especial importancia por su magnitud los de Colombia, con sus 2 millones de damnificados y el de Australia donde una zona igual al tamaño de Francia y Alemania juntas se encuentra anegada(http://www.elmundo.es/elmundo/2010/…), es decir el equivalente a tener casi toda Colombia bajo el agua ( se hablan de más de un millón de kilómetros cuadrados afectados) a causa la voracidad de las lluvias que no cesan de caer desde hace más de un mes. Si esto no llama la atención de los países y sus líderes, si esto no llama la atención de los ciudadanos del mundo, de las personas conscientes y las hace abrir los ojos y la boca con un típico gesto de asombro, no hay nada que pueda hacerse. Las esperanzas estarán en el cesto de la basura. Pero bueno, hasta acá todo es leche derramada, este recuento es llover, literalmente, sobre mojado: lamentarse y no ver donde yace el problema.

Por ello es menester mencionar que si en lo climático llueve, en lo social no escampa. Estos dos temas están íntimamente ligados: ambos son igual de desastrosos para millones. Y no se puede desconocer que la situación internacional influyó de forma determinante en estos cambios, dado que los altos precios de los hidrocarburos, en especial del petróleo, según dicen los expertos, amenazan este año con poner en peligro la estabilidad – de por sí inestable- de la economía mundial. En adición, comenzando 2011 ya la prensa internacional anunciaba que en diciembre, precisamente por causa de los fenómenos naturales, y aunque no lo digan, principalmente por causa de la especulación, los alimentos volvían a alcanzar máximos históricos, como lo hicieron hace 2 años durante la última crisis sistémica del modelo capitalista.

Por su parte los colombianos tuvieron que empezar un año viendo, además de las penas ya relatadas, titulares que ponen aún más triste a cualquier trabajador asalariado. “Salario mínimo si perdió poder de compra”, acompañado de un notable: “La gasolina sube cien pesos”, lo cual redundó de inmediato en el aumento del precio del transporte. En las calles se escuchaban quejas. Y cuando el pueblo empieza a mostrar su inconformismo Santos y su combo responden con migajas: “Gobierno anuncia revisar aumento del salario mínimo”, se leía en otro titular días después, y efectivamente el ejecutivo lo hizo. Pero nada cambiará: el mínimo sigue siendo un sueldo de hambre.

Resta sumarse a voces como las de Rafael Colmenares, un abogado ambientalista, quien en la audiencia “Medio ambiente y cambio climático”, llevada a cabo en el Congreso de la República a final de 2010, mencionaba la forma paradójica en la que coexisten en el país más de 2 millones de compatriotas que tienen el agua hasta el cuello y otros 11 millones de colombianos que carecen de acceso a agua potable. Considerando esa cifra debería decirse entonces, que los damnificados bien sea por exceso o usencia del preciado liquido nos son 2 sino 13 millones; la catástrofe es ambiental sí, pero también social, y en mayores proporciones.

El empeño de hacer de nuestros recursos hídricos otro negocio es parte de esa estrategia perversa que quiere convertir nuestra riqueza hídrica en otro de los tantos sectores susceptibles de venta y de obtención de réditos en los que ya pusieron los ojos el sector financiero y trasnacional, liderado por su más alto comité de negocios: el consejo de ministros del presidente Santos. La falta de voluntad política por aprobar el referendo del agua y consagrar el acceso a ésta como derecho fundamental, sumado a las escandalosas concesiones mineras, que usan nuestra agua en demasía, es prueba de esas intenciones y aunque sean lastres que dejó el pasado gobierno, es evidente que el actual pretende profundizar dicha situación.

Y qué decir del nombramiento del banquero más reputado del país como “zar” de la reconstrucción. Nadie duda de la capacidad que desplegará para el empleo eficiente y eficaz- en términos de negocio, siempre de negocio, porque en qué más puede pensar un banquero?- de los recursos, pero cuando se suman otros cuatro industriales a la junta directiva que administrará los fondos, el tema cambia de color. ¿Cuántos bancos, Almacenes Alkosto y Arturo Calle, y cuántas tuberías de Promigas van a pasar por las zonas reconstruidas? ¿En qué medida los fondos irán a irrigar la especulación en la bolsa y a redituar al capital financiero? Eso debería decírsele de frente al país, para que las cuentas estén claras.

Viendo este embrollado panorama, lo concreto es que mientras la población no salga de su narcótico letargo, y exija no sólo soluciones dignas para los desastres naturales sino principalmente para el desastre social todo seguirá igual, y como sociedad que busca progresar el agua dejará de llegarnos al cuello y terminará por ahogarnos en los pantanosos caminos que nos proponen hacia el desarrollo.

Postre Postrero: El pueblo de Túnez da al mundo actualmente un ejemplo de unidad al no resignarse a una eterna represión. En un suceso que estalla luego de la acción desesperada que toma un joven de 23 años, profesional en informática, quien ante la impotencia que le producía el profundo desempleo y el decomiso ilegal de su carrito de frutas por parte de la policía decide prenderse fuego frente a las autoridades. El caso llamó la atención nacional y terminó en el derrocamiento del tirano, amigo intimo de los hipócritas líderes europeos. Es triste pensar que ni siquiera una acción así, que – en términos de sacrifico – ocurren a diario en Colombia, podría despertar a nuestro pueblo indolente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *