31/07/2021

Los levantamientos en Libia

Francisco Valderrama Mutis, Tribuna Magisterial, febrero 27 de 2011

El caso de Libia entre los países árabes tiene una serie de características que lo hacen muy particular. Gadhafi, siendo un joven oficial del ejército, llegó al poder tras el derrocamiento de la monarquía al frente de una revolución que postulaba, primero, el ingreso de su país a los No Alineados en medio de la guerra fría entre las dos superpotencias de la época, Estados Unidos y la Unión Soviética; en segundo lugar, la salida de las bases militares que ingleses y norteamericanos tenían en suelo libio, y, en tercer lugar, la nacionalización de la riqueza petrolera que hoy exporta 1.600.000 barriles diarios para ponerla al servicio del pueblo. Al lado de estos logros democráticos inspirados en la revolución nasserista de Egipto, impulsó como caso excepcional dentro del mundo árabe, la igualdad de las mujeres, lo que le ha valido desde entonces ser considerado como un infiel por los radicales islamistas.

Para el desarrollo de su economía prefirió llegar a acuerdos con la Unión Soviética y, pronto, se embarcó en el apoyo a actividades extremistas que culminaron con la explosión de un avión civil de Pan Am, cuyos restos cayeron en la localidad de Lockerbie en Escocia. A raíz del derrumbe de la Unión Soviética en 1989 Gadhafi y Libia sufrieron el más severo aislamiento impulsado por Estados Unidos, superpotencia esta que durante el gobierno de Ronald Reagan intentó asesinarlo mediante un bombardeo a Trípoli en 1986. Ya en la década de los 90 Gadhafi aceptó la culpabilidad de su régimen en los atentados, indemnizó a las víctimas y aceptó abrir sus riquezas petroleras y gasíferas a la inversión extranjera. Con esta movida logró romper el aislamiento internacional.

Las actuales revueltas tienen como causa fundamental, como las de los demás países árabes, el encarecimiento desproporcionado de los alimentos, que han triplicado su valor, de cuya importación depende esencialmente el país debido a la preponderancia desértica del territorio con la consiguiente precariedad en el suministro de agua. A esto se suma el escaso desarrollo de actividades económicas que puedan dar empleo y futuro a la juventud, influenciada por un islamismo radical que no tiene cabida en el gobierno.

Gadhafi había mantenido rígidamente bajo control a los grupos radicales islamistas que al no poder desarrollar su lucha en el país, engrosaron las huestes de Al Qaeda en otros países como Irak y Afganistán. A su regreso a Libia la mayor parte de estos combatientes, veteranos de varias guerras, se localizaron principalmente en la región Cirenaica, alrededor de Bengasi, que es la segunda ciudad del país, hoy convertida en el centro de la batalla contra el régimen y base para la conformación de un emirato islamista que dividiría irremediablemente el país.

El protagonismo de Al Qaeda, que el miércoles pasado sacó una declaración dando su apoyo a la revuelta en Libia, tiene a las potencias occidentales deshojando la margarita. Por un lado desean salir de una vez por todas del incómodo Gadhafi y le exigen que cese la represión, pero por el otro lado temen por el futuro de sus inversiones petroleras y por el aumento del precio del barril de petróleo que ya pasó la barrera de los 100 dólares. A diferencia de Egipto donde el ejército promovió la salida de Mubarak y garantizó una solución fiable para la potencia dominante, en Libia no hay tal garantía. Gadhafi mismo aseguró que no es el títere que puede ser sacado del país o echado a un lado; afirmó en televisión que luchará hasta la muerte, al mismo tiempo que denunció la injerencia extranjera tanto de los islamistas radicales como de las potencias imperialistas en los asuntos internos de su país.

Los medios de prensa han ocultado cuidadosamente cualquier información que de cuenta de lo que realmente está sucediendo, al mismo tiempo que magnifican los disturbios preparando el terreno para una intervención de la OTAN con el fin de garantizar sus inversiones y el suministro de petróleo y gas del cual dependen sustancialmente los países europeos de la cuenca mediterránea, en especial Italia. Sin embargo, estas potencias vacilan frente a la incógnita de si podrán garantizar un nuevo régimen que garantice su dominación neocolonial. Mientras tanto, el peligro de una guerra interna que enfrentaría la región cirenaica, rica en recursos naturales, y la tripolitania, sede del gobierno, se acrecienta, intensificando los temores que ya tienen las multinacionales petroleras y los gobiernos neocolonialistas. Los pueblos del mundo debemos rechazar la intervención extranjera en Libia y apoyar que los libios decidan autónomamente el futuro de su país.

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