24/07/2021

Una cenicienta de la industria nacional

Libardo Gómez Sánchez, Diario del Huila, Neiva, febrero 28 de 2011

El traqueteo constante de las máquinas y calderas que elaboran la hilaza de nylon y poliéster se ha detenido, el bullicioso ruido del progreso ha sido envuelto en un silencio de cementerio que espanta hasta al más valiente. Así podría iniciarse uno de los capítulos de la historia de una de las empresas más emblemáticas de Colombia, nos referimos a ENKA de Colombia un esfuerzo del capital nacional que en septiembre de 1966 produjo la primera fibra corta de poliéster luego de su constitución en 1964. Cuatrocientos dos colombianos integraron su primera nómina, que ya en 1970 procesa texturizados de filamento; posteriormente en la década de los setenta, monta la planta de Policondensación que le permite sustituir importaciones, luego a finales de los ochenta e inicios de los noventa instala la planta de producción de resinas PET y moderniza el montaje para la producción de lonas para llantas e hilos industriales de nylon. El continuo desarrollo de la empresa, sus avances tecnológicos, la expansión de sus mercados, termina por truncarse, una vez se impone la política de apertura económica del gobierno de Cesar Gaviria y en seguida de resistir la embestida del contrabando legal e ilegal de productos a menor precio propiciados por la política de apertura, en el 2003 se vio obligada a acogerse a la ley de quiebras, la 550 de 1999 con la que los inversionistas encuentran la coartada perfecta para salvar sus capitales a costa del sacrificio de los trabajadores.

A pesar de que se consolidó como la principal productora de fibras sintéticas de la Comunidad Andina y sus balances han mejorado notoriamente, con la excusa de los nefastos efectos de la revaluación del peso y los tratados de libre comercio pretenden eliminar a los 388 trabajadores convencionados y colocarlos en el nivel de los 500 trabajadores que en el 2008 fueron reemplazados por personal de cooperativas, como una concesión de los trabajadores que terminaron aceptando salarios y prestaciones inferiores que le facilitaron a la empresa recuperar su viabilidad financiera a partir del 2010.

De persistir los empresarios en sobrellevar las dificultades que representan las políticas antinacionales de confianza inversionista y libre comercio, en los hombros de los trabajadores, el Valle de Aburrá podrá ser el cálido escenario de otro capítulo de la quiebra de la industria nacional; el municipio de Girardota, bautizado así en honor de uno de los próceres de la independencia nacional Atanasio Girardot, en donde se ha forjado esta industria que demuestra la capacidad empresarial de los Colombianos, se convertirá en el campo santo del progreso nacional, porque reducir a los trabajadores a condiciones de esclavitud, no garantiza el mercado, elemento clave en el circulo virtuoso de la economía.

A la empresa no la salva el hambre de sus obreros, le da opciones una política de protección del mercado interno, de control soberano de la tasa de cambio y de modernización apoyada con recursos e investigación tecnológica por parte del Estado, como hacen en los países desarrollados; no requerimos inventarnos nada, sino observar y copiar de quienes han logrado fortalecer sus industrias.

Esta cenicienta de la manufactura nacional, que tuvo su baile glorioso antes de los noventa, podría no volver a repetirlo, si no logra calzar una política de defensa de la producción nacional, contraria a la de la manguala nacional liderara por el gobierno. No requerimos de hada madrina, únicamente la unidad de la clase empresarial patriótica, las capas medias y los trabajadores del campo y la ciudad, en el propósito de darle la oportunidad de gobernar a quienes defienden un proyecto propio, sin la tutela de los monopolios y las potencias extranjeras.

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