04/08/2021

Los ebrios

Francisco Torres, Arauca, enero 12 de 2011

¡El que firmó este contrato estaba borracho!, dijo el presidente de la multinacional bananera cuando Maker Thompson –un filibustero moderno- le presentó el contrato por medio del cual:

“El Gobierno actual de ese país nos cedió el derecho de construir, mantener y explotar su ferrocarril al Atlántico, el más importante de la República, del que tenían construidos los cinco primeros tramos; y nos lo ha cedido sin gravamen ni reclamo de ningún género.

—Bueno, entonces lo que ese Gobierno quiere es la anexión. Ya nos está cediendo todo su ferrocarril al Atlántico, que es lo más importante y que ellos tenían construido, dice usted, en sus cinco primeros tramos. Me parece que no hay que proceder a que se haga la declaratoria en Washington.

—Se estipula, además, en el contrato por el que nos cede el ferrocarril, que en dicha transferencia se comprenden, sin costo para nosotros: el muelle del puerto, de su puerto mayor en el Atlántico, las propiedades, material rodante, edificios, líneas telegráficas, terrenos, estaciones, tanques, así como todo el material existente en la capital, como son durmientes, rieles…”

Así lo relata indignado sobre su Guatemala del alma, Miguel Ángel Asturias en El Papa Verde, un libro que deberíamos leer todos. Por esos negocios inverosímiles los dictadores al servicio de la Casa Blanca entraron al reino de la literatura casi sin ser procesados. Para qué, su lacayismo superaba cualquier ficción. Ni siquiera negociaban la patria –como el patriarca de García Márquez, que vendió el mar patrimonial- sino que la regalaban.

Colombia, se confortan los espíritus ingenuos y los aviesos, ha sido y es una sólida democracia alejada de los males de las dictaduras de las repúblicas bananeras. Pues bien, esos pintorescos señores no han sido del todo imprescindibles en la tierra de las tres cordilleras y los dos mares, ya que nuestros presidentes democráticos, desde los días de la Guerra de los Mil Días, en medio de una sana competencia han tratado de dirimir el campeonato de obsequiar el petróleo y pagar para que se lo lleven; conceder las fértiles tierras del Magdalena y encimar los obreros, vivos cuando fue necesario y bien fusilados cuando hubo menester; regalarse a Inglaterra para congraciarse con los norteamericanos, a los cuales sirve de cipayo ese descaecido imperio, sólo para obtener el ruin título de Caín de las Américas; enajenar las empresas estatales a favor de los conglomerados extranjeros; implorar para que los soldados norteamericanos vengan a tomarse nuestras principales bases militares; entregar los páramos, el agua, la flora, la fauna. Sólo resta el aire.

Lo de las bases, revelado por Wikileaks es bien instructivo: en 2008-2009 el entonces presidente Uribe, el Ministro de Defensa Santos y demás miembros del gobierno emularon en quien tenía las rodilleras más acolchadas. Y, aunque parezca increíble, Juan Manuel demostró ser tan servil que hasta a los gringos les pareció excesivo, sobre actuado iba a escribir, pero no, esos sentimientos deben ser sinceros. Su pro imperialismo no es una pose. El mirar al Norte, la adoración por la estrella Polar son tan arraigados en la oligarquía colombiana que ésta se encuentra de primera en el escalafón del entreguismo latino americano y ese es un record formidable, cuasi olímpico.

A tono con el aire navideño en que recordamos la historia del Israel sojuzgada por el imperio romano, es lícito hacer un paralelo entre la vesania de los Herodes -que siempre superaba a la crueldad de los Pilatos- con la de los reyezuelos criollos de nuestros días, que descuella con creces sobre la de los procónsules que nos envía Washington.

Debe ser de esa manera, no hay cuña que más apriete que la del mismo palo. Siempre es más fiero con los obreros el capataz que el dueño de hato. Son los que hacen el trabajo sucio –Los Estrada Cabrera, Pinochet, Trujillo, Videlas, Nguyen Van Thieu y demás perros de presa del imperialismo- y que cuando ya no son necesarios o estorban o se requiere una víctima son abandonados a su suerte o sacrificados por sus mismos amos en algún altar propiciatorio.

El día –y ojalá no esté muy lejano- en que los prohombres de la oligarquía colombiana deban rendir cuenta ante la nación por su desleal proceder, qué no nos vayan a salir en su defensa con el cuento de que firmaron los contratos de las concesiones, aprobaron las leyes y expidieron los Decretos de la entrega de la soberanía nacional estando borrachos y, en consecuencia, no sabían ni lo que hacían ni donde estaban.

Bueno, que no saben donde están sí es cierto, porque de tanto ir y venir desde los altos puestos públicos a los altos puestos del BID, FMI, Banco Mundial, OEA –César Gaviria- y demás sinecuras y canonjías que les prodiga el imperialismo, no saben si están en Washington o en Bogotá.

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