04/08/2021

El profesor Guevara rompe una lanza

Francisco Torres, Arauca, noviembre 24 de 2010

Samuel Johnson, al escuchar decir de un amigo

Que el idealismo de Berkeley era irrefutable,

Pateó una piedra exclamando:

“¡así es como lo refuto!”.

En uno de sus hermosos y más profundos libros Thomas Mann nos pone en guardia contra la “venenosa flor del quietismo”, el manifiesto influjo del neoplatonismo resurgido en el siglo XVII, tal como reapareció a comienzos del Siglo XX y ahora, en los tiempos “posmodernos”, bajo distintas denominaciones. Ya nos lo había advertido su maestro, el gran Goethe, en su solitario –así lo señala- combate contra el romanticismo, que con toda su carga de subjetivismo e irracionalismo se apoderaba de la vida intelectual europea, empezando con la alemana. Tiempo ha pasado desde el inicio de esas batallas –prefiguradas en otras tantas-, cuando un sencillo profesor de un colegio nocturno público, uno de esos denostados y perseguidos maestros colombianos a los que nuestra instruida e ignara oligarquía desprecia, rompe una lanza contra el miasma del idealismo, del cual surgió el quietismo y del cual surte la abigarrada confusión de las escuelas idealistas subjetivistas, irracionalistas y abiertamente reaccionarias que predominan actualmente.

Para ello no duda el profesor Guillermo Guevara en comenzar ad ovo, desde el mismo momento en que surgió en Grecia la clásica belleza del conocimiento filosófico y científico, desde que se planteó la composición material de todo lo existente a partir de tierra, aire, fuego y agua y no de criterios religiosos. Tarea enjundiosa que acomete con entereza al inscribir en sus armas el combatido nombre del materialismo. Para ello toma el Cogito ergo sum cartesiano y, poniéndolo de pie, lo transforma en un revelador sum ergo cogito, su grito de batalla: existo, luego pienso.

Demuestra Guillermo valor y virtud en una época en que la mayoría de los intelectuales siguen comportándose como antaño, “precavidos filisteos que temen pillarse los dedos”. Ese sólo vigor sería suficiente para animarnos a leer de cabo a rabo su libro, “Ciencias Naturales, entre el Materialismo y el Idealismo”.

No conozco antecedente de semejante empresa intelectual en Colombia: desde Grecia y Roma, por la conventual Europa del Medioevo, hasta las universidades, academias y laboratorios de la modernidad de Estados Unidos, Europa y Asia; de los presocráticos en un recorrido que va peinando las cada vez más largas grebas de la ciencia y la filosofía, hasta estas calendas. Y todo ello, preciso es repetirlo, enfocado desde el punto de vista del materialismo dialéctico, sin una concesión a las tendencias dominantes, sin un silencio cómplice, sin una vergonzosa claudicación.

Los últimos capítulos del libro son capitales. Siguiendo la crítica demoledora del idealismo subjetivo que hace Lenin en “Materialismo y Empiriocriticismo”, nuestro autor aborda el desarrollo de la ciencia y la filosofía en el Siglo XX. Recoge las posiciones de Einstein, Broglie, Schrödinger y Bohm, que se apartan de las interpretaciones idealistas de la mecánica cuántica y del principio de la indeterminación de Heisenberg.

Recoge para el lector verdades profundas en frases de elemental arquitectura: “El proceso de las propias cosas reales constituye, por consiguiente, el tiempo”, Hegel; “Las propiedades del espacio dependen de la distribución de la materia”, Lobachevski. Nos lleva a al terreno maravilloso de la ciencia moderna, que es para el hombre común un arcano y que ha sido fuente de especulación idealista, y lo hace con sencillas maneras, las maneras del pedagogo que lleva de la mano a su discípulo a las fuentes del conocimiento. Se atreve a disentir de la teoría del Big Bang, “pues no tiene sentido hablar de principio del tiempo o creación de la materia”. Y nos señala que cada vez hay más teorías que abarcan la existencia de una etapa anterior a la gran explosión. Y no podría faltar su animosa batalla contra el Diseño Inteligente, esa farragosa teoría anticientífica que pretende en vano enmendarle la plana a Darwin.

Guillermo nos invita a realizar ese grandioso recorrido no por un prurito de adocenado sabio, o para hacernos la ilusión de la “cultura general”, ni para librarnos del tedio de una tarde desapacible de domingo, libro en mano o, mucho menos, para ser propagandista de lo que hoy retorcidamente se llama movilidad social gracias a la educación y que es una de las grandes estafas de nuestro tiempo. No son esas sus metas, por el contrario, nos reta a asumir una posición, la del materialismo con todas las consecuencias prácticas que ello implica.

Concluye ese libro comprometido, con las palabras de Carlos Marx, “del mismo modo que la filosofía encuentra en el proletariado su arma material, así también el proletariado encuentra en la filosofía su arma espiritual”.

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