02/08/2021

Bien has cavado, viejo topo

Francisco Torres, Arauca, febrero 8 de 2011.

Apenas hace unos meses The Economist, encabezando los linces del capital financiero internacional, estableció un nuevo grupo de países, los CIVETS, o, en español, gatos de monte, los cuales, según la prestigiosa revista de economía, auténtica gurú del capital financiero:

“Han demostrado su consistencia ante la crisis financiera global, gracias a sus acertadas políticas y a una base económica sólida. En general, se trata de economías dinámicas y con relativa estabilidad política.”

Los gatos de monte son Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto, Turquía y Suráfrica.

Como para morirse de la risa. “relativa estabilidad política”. Habría que poner a los intelectuales neoliberales de The Economist, a los analistas de BCP Segurities, a los consejeros de Hsbc y hasta a los redactores económicos de SEMANA en la plaza de Tahrir, en El Cairo, para que le explicaran a las inmensas multitudes levantadas contra el neoliberalismo dictatorial, encarnado en las tierra milenaria del Nilo, en un títere del imperialismo norteamericano, Mubarak, lo que significan “relativa estabilidad política, acertadas políticas, base económica sólida”.

Los días de revolución en Egipto han hecho la crítica de los hechos a las teorizaciones de los exégetas del imperialismo, reduciéndolas al ridículo. Y los pueblos del mundo, en vivo y en directo, han hecho el cursillo acelerado de lo que es un levantamiento popular, de la forma perversa y cruel como se desata la contrarrevolución, de la importancia de tener una correcta dirección, de las maniobras de la Casa Blanca para mantener a Mubarak en el poder, o en caso de ser esto imposible colocar otro hombre de paja que garantice que el saqueo continúe; de la política imperial de la Unión Europea y de otras aristas de esa enconada batalla.

No se sabe cuál va a ser el resultado, es una lucha incierta, tal como lo dijo Milton de otra que se celebrara allende de la bóveda celeste. De todas formas, cualquiera sea el resultado, es evidente que los Estados Unidos está perdiendo poder aún en los lugares donde confiaba que hubiera relativa estabilidad política. Nada puede dar por hecho, nada puede dar por descontado. El topo ha levantado su vieja trompa donde menos lo esperaba.

Marx expuso, precisamente en el párrafo del Dieciocho Brumario donde cita al topo Shakesperiano, que “la revolución es radical”. Y cómo lo han demostrado las masas en El Cairo, en Suez, cómo han luchado incansablemente, cómo han enfrentado la máquina de guerra de las fuerzas de seguridad egipcias ensambladas por los gringos, cómo han minado los esfuerzos de Tel Aviv y Washington por hacer del Cercano y Medio Oriente un apacible lugar para sus imperiales intereses.

Hamlet, adepto ya de la sombra de su asesinado padre, exige pacto, juramento solemne a sus amigos –como hoy se lo exigen sus muertos a los que viven y luchan-, y la sombra, desde la oscuridad de la tierra acucia el juramento. Cuando se mudan de sitio, vuelve a reclamar desde bajo la tierra: ¡Jurad!

¿Quién, qué es aquello que viaja entre la brusca y elaborada materia de la que está hecha la base sobre la que el hombre se yergue, para hacerle estrecha conminación?

La revolución, así en minúscula, de hombres y mujeres humildes, de esbelta sencillez y por eso tan fuerte, tan demoledora. De ella, tal como lo sentenció Marx en Europa, hoy en la tierra cubierta de ardientes pavesas del valle del Nilo, se puede repetir lo que escribió el cisne de Stratford-upon-Avon:

¡Bien has cavado, viejo topo! ¿Puedes excavar la tierra tan aprisa? ¡Excelente zapador!

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