Los niños se suicidan en el tercer país más feliz del mundo

Francisco Torres

secretario de prensa 

ASEDAR Arauca

septiembre 24 de 2012

Cómo calificar los sentimientos que nos embargan después de ver a una niña de catorce años suicidarse con un revolver frente a sus profesores y compañeros de estudios: indignación, tristeza, sufrimiento, desasosiego, rabia… Por qué no es posible que tragedias como esta pasen. No es posible que sepamos que en algún lugar de Colombia un niño esté, en este preciso instante, pensando, con toda la espantosa seriedad que tienen los niños, abreviar con la violencia infringida por su propia mano los años para los cuales es una hermosa promesa. Digo, no es posible y, pese a ello, el año pasado hubo 193 suicidios infantiles y este año continúa implacable la cuenta.
Y que eso suceda en el tercer país más feliz del mundo, según calificación ganada gracias al concurso de sus propios habitantes, que consideran que estamos en el mejor, bueno, en el tercer mejor vividero del planeta ¿No es esto quizás peor que el rosario de suicidios infantiles? O, de pronto, es explicación de que precisamente esa actitud hipócrita de vender la falsa idea de que somos felices en la peor de las tragedias es el sustrato de donde nacen los suicidas atormentados doblemente por la infelicidad y su negación. El pueblo, que todo lo crea, ha acuñado para ese fingimiento una frase, “qué no se note la miseria” y, sin embargo, la miseria de nuestras vidas se revela en la forma más lacerante e intolerable.
Naturalmente que la deificación de capos y más capos, de asesinos y más asesinos que dispensan la muerte con el nemotécnico rito de anotar sus víctimas en una libretica que ya casi, por el embrujo de la televisión, hace parte de los símbolos nacionales, puede ayudarnos a entender como, en la debacle que reina con consentimiento y beneplácito de los de arriba, en el mercado de la vida, ésta se ha depreciado a tal grado que ya no tiene valor ni siquiera para sus propios poseedores.
No obstante, no sería suficiente explicación la monstruosa propaganda interesada en ventas y ratings, por lo que deberíamos adentrarnos en las espantosas condiciones de vida –sí, que ironía, de vida- de los colombianos. Las materiales. Los barrios de invasión donde entre paredes –qué palabra- de zinc, de cartón, de plástico se hacinan los hijos del pueblo, entre los barrizales de los inviernos, entre las tristes polvaredas de los veranos. El trabajo –bendito trabajo- en cualquier cosa. La comida, cualquier cosa. La falta de las dos, de ocupación y de como ocupar el estómago, estoicamente llevadas desde un mal asiento y con vista a una ciénaga pútrida o a las luces de edificios donde se concentra la riqueza que moneda a moneda se les ha arrebatado. Y esa vida sórdida, de penurias sin fin, crece y se reproduce sin hacer caso de la optimista propaganda oficial, de las estadísticas pre fabricadas y de las cien mil viviendas de fábula –una gota de agua en el infierno-.
Las morales ¿Si no se puede conseguir como sustentar la vida, como hacerla prosperar, qué vale esa mentada vida? ¿Qué hacer con esa vida en tanto se le van cerrando todos los caminos? Se dirá que eso no lo piensan los niños. Deberíamos tener más respeto para su inteligencia y su sensibilidad, que aprehende la negación que se le hace de posibilidades y hasta de esperanzas. Sí, también los hijos de los que están arriba toman decisiones fatales. Es que lo inaceptable que se le hace a los de abajo termina –inexorablemente- reflejándose en las vidas de los poderosos.
A todas estas, ¿qué respuesta, qué política estructural y de urgencia hay desde el Gobierno para parar el suicidio de nuestros niños? De pronto, si acaso, palabras. Si acaso, porque en esta terrible ocasión han sido parcos en retórica sus voceros. Quizá, perplejidad para el uso ante los medios masivos de comunicación. Lo más seguro, monsergas para repartir culpas. Por eso el alto gobierno, cuando digna pronunciarse, presenta la lista de quienes deben asumir las responsabilidades: la educación, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, el sistema de salud pública y las familias. Con ello se lavan las manos el presidente y sus inmediatos colaboradores.
Se oculta que el Gobierno Nacional –Santos como Ministro de Hacienda, Santos como presidente- redujo la orientación escolar a su mínima expresión –un orientador para atender mil, dos mil, tres mil niños-, se aumentó la carga de los profesores –restándole horas que podían dedicar a sus alumnos-, se aumentó el número de estudiantes en el aula de clase -creando la barrera del hacinamiento- y se subyugó a los profesores a dedicar el poco tiempo disponible a llenar cuadros y más cuadros dictados por una descerebrada tecnocracia neoliberal. Eso sin contar la falta de alimentación, transporte y hasta de baños en las escuelas y colegios públicos.
Desde las altas esferas del poder se sindica al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y al mismo tiempo se adelanta una brutal campaña para acabarlo, para privatizarlo hasta sus cimientos, para disgregar sus funciones.
Se habla del sector salud, que debería atender la salud mental de los colombianos, sobre todo la de los niños. Imagínense, responsabilidades a un enfermo terminal, que es desangrado para beneficio de las EPS, ante la impertérrita faz de jugador de póker del presidente de la república.
Por último, se llama a las familias a responder por sus hijos. Las familias. Pero si asistimos a su destrucción acelerada por obra de las fuerzas económicas y de la violencia y el desplazamiento. Por favor, este Gobierno de estadísticas y tendencias debería ver las de la evolución de la familia.
Vuelvo a donde empecé. Indignación, tristeza, sufrimiento, rabia…
¿Hasta cuándo?

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