Por: REDACCIÓN ELTIEMPO.COM – 7:15 p.m. – 08 de Agosto del 2011 Hay que hacer planes para que esta vez no ocurra lo mismo que en 2009.
Cuando el fin de semana pasado la firma calificadora de riesgo Standard & Poor’s anunció su decisión de rebajarles la nota a los papeles de deuda emitidos por Estados Unidos, muchos pronosticaron que la jornada de ayer sería dolorosa para los mercados mundiales.
Y así fue. En todas las plazas importantes del planeta, los precios de las acciones se descolgaron, siguiendo la tendencia de los últimos días. Desde Tokio hasta Nueva York, pasando por Sao Paulo o Bogotá, el pánico se apoderó de los inversionistas, con lo cual, al menos en el papel, las pérdidas de los últimos días son multimillonarias.
Pero mucho más inquietante es la percepción de que el mundo podría estarse encaminando a una nueva recesión, después de la contracción experimentada en el 2009. Esa es la verdadera causa de las preocupaciones, pues ahora hay conciencia de que el margen de maniobra de los gobiernos de las naciones ricas es más limitado que antes.
Como si eso fuera poco, existe la sensación de que no hay un líder fuerte en el planeta que pueda ponerle el cascabel al gato. Dicho de otra manera, el problema económico es real, pero también se ve una inmensa debilidad política, que impide la adopción de soluciones a tiempo. Además, el público está impaciente, como lo muestra el movimiento de los indignados en al menos una decena de países.
Tales elementos mezclados han dado como resultado un coctel muy difícil de digerir. Por ejemplo, lo sucedido en Estados Unidos comenzó con un tema que antes había sido un mero trámite, como era el de elevar el techo de la deuda pública. Lamentablemente, dicha autorización enfrentó a los miembros de los partidos demócrata y republicano, que tienen en la mira las elecciones de noviembre del próximo año y saben que los ciudadanos votarán con la mano en el bolsillo.
Si bien a última hora ambos bandos llegaron a un acuerdo, el resultado no satisfizo a casi nadie. A pesar de que el permiso fue concedido, se dio a cambio de un plan de reducción del déficit estadounidense, que pone todo el énfasis en el recorte de gastos y ninguno en la búsqueda de mayores recaudos. Eso equivale a quitarle aire a una rueda que ya venía desinflada, pues la actividad económica se ha ido desacelerando en el coloso del norte.
Aparte de lo anterior, está la incapacidad de los líderes del Viejo Continente para mantener un frente unido a la hora de apoyar a los socios más endeudados de la Unión Europea. Aunque Grecia, Irlanda y Portugal han recibido ayuda, esta se considera insuficiente. Para colmo de males, España e Italia están a su vez en problemas y por su tamaño desbordan la capacidad que tienen los mecanismos vigentes. La perspectiva de más austeridad y recortes presupuestales más severos ensombrece también el futuro de la zona.
Ante ese clima negativo es fácil entender por qué los mercados de valores han perdido tanto terreno. En lo que tiene que ver con las economías emergentes, y a pesar de que la mayoría camina a buen ritmo, la impresión es que lo que pasa en el norte, tarde o temprano se sentirá en el sur, con lo cual nadie está a salvo. De allí que el oro, que es el refugio ante la incertidumbre, haya superado la marca de los 1.700 dólares la onza.
Tales circunstancias obligan a Colombia a estar atenta al desarrollo de los acontecimientos. Con una elevada suma de reservas internacionales y una demanda interna que sigue sólida, el país tiene cómo superar el bache actual, pero no saldrá indemne de un temporal mayor. Así lo dejó claro lo ocurrido en el 2009, cuando el crecimiento bajó y el desempleo subió. Hay que hacer planes para que esta vez no ocurra lo mismo.
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