04/08/2021

Bogotá D.C., 20 de marzo 2020, Guillermo Guevara Pardo

 

Cuando en el siglo XIV la peste negra asolaba Europa el pensamiento racional no era moneda corriente en las sociedades de esa época. La mortandad producida por la pavorosa epidemia (se estima en 25 millones los fallecidos, solo en el continente europeo) se atribuyó a un castigo divino y entonces las gentes de todas las condiciones elevaron en las iglesias incienso y plegarias implorando el perdón de los cielos; también se acusó a los judíos de envenenar los pozos de agua y contra esa minoría étnica se desató la furia de masas llenas de fanatismo e irracionalidad. Como la ciencia prácticamente no existía, no se pudo establecer una relación entre las pulgas, las ratas que infestaban las ciudades y el mal de los bubones negros. El agente causante de la enfermedad, una bacteria llamada Yersinia pestis, solo se identificó en el año 1894.

Siete siglos después la humanidad se enfrenta a una situación semejante: estamos ante la pandemia de enfermedad por coronavirus causada por el virus SARS-Cov-2, que se inició en diciembre de 2019 en la ciudad china de Wuham. El agente causante fue rápidamente aislado, su genoma hecho de ácido ribonucleico (ARN) secuenciado e identificadas las moléculas (proteínas) que le permiten al virus penetrar en las células humanas. Los epidemiólogos han establecido las medidas necesarias para intentar atenuar su avance inexorable; en laboratorios de China, Estados Unidos, Rusia, Alemania, Israel se avanza en la investigación para desarrollar una vacuna; la tecnología ha puesto al servicio de los profesionales de la medicina y del público general (como está haciendo Corea del Sur) kits para detectar a los portadores asintomáticos y se pronostica que finalmente el virus evolucionará hacia una forma menos agresiva que vivirá tranquilamente en el interior de nuestros cuerpos.

Aunque todos los días vemos como mueren cientos de personas en Italia, Francia y España seguramente no llegaremos a las elevadas cifras causadas por la peste bubónica pues gracias a la ciencia y la tecnología con que cuenta la humanidad hasta el día de hoy, se enfrenta ventajosamente con las armas adecuadas a un enemigo contra el que nunca había tenido que combatir, ventaja que no tuvieron las gentes de Europa en el ya lejano siglo XIV.

La dolorosa situación por la que estamos atravesando debe ser un motivo más para que los maestros persistamos en la tarea de seguir cultivando en los estudiantes desde todas las asignaturas, el pensamiento racional. Son muchos los conocimientos que la pandemia ha venido dejando para las ciencias naturales, las sociales, las artes y de los cuales los docentes podemos sacar bastante provecho para transmitir, con el método adecuado, a los alumnos.

Preocupa que haya personas que agreden o discriminan a un enfermo o apedrean su casa donde se aísla para no contaminar a sus congéneres, o que algún alto dignatario nacional recurra a la invocación de fuerzas sobrenaturales para enfrentar esta crisis sanitaria: un antídoto de eficacia probada contra las diversas formas de fanatismo que la angustia del momento puede hacer aflorar, se encuentra en la ciencia y sus brillantes aplicaciones. Abrazar la ciencia es un camino seguro para entender la realidad y llegar a la verdad.

Coda: Esas pandemias también tienen un lado positivo. Entre 1351 y 1353 Giovanni Boccaccio redactó las cien deliciosas historias del Decamerón. Durante una plaga que azotó a Londres en 1605 Shakespeare escribió Macbeth y Rey Lear. La Gran Plaga de Londres de 1665 a 1666 obligaron a Newton a aislarse en Woolsthorpe, donde adelantó parte de su producción científica en los campos de la óptica y la gravitación universal.   

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