Como se ha puesto de actualidad -en buena hora- la lucha por la Educación Pública, y como han llovido rayos y centellas desde el Gobierno, los gremios e ilustres intelectuales neoliberales contra quienes tienen el atrevimiento de defenderla, toca recordar que la pretensión que mueve a los jóvenes -y a los maestros- no es fruto de la ignorancia –como soberbiamente afirmó la Ministra de Educación- ni de un radicalismo utópico –como sibilinamente dogmatizan a la par burócratas y columnistas-, sino que hace parte de acendradas tradiciones de progreso que se pusieron en el centro del batallar contra el oscurantismo cultural y el atraso económico feudal, y del cual renegaron tempranamente en Colombia aquellos que dicen ser los adalides de su desarrollo.
En suma, hablamos de un debate que lleva tiempo –se cuenta por siglos- y que, en general, en aquellos países que supieron ponerse al frente del avance de la humanidad en cuanto a conocimiento, cultura y desarrollo se inclinó en los hechos y la teoría por una educación pública que se sirve y sirve a la ciencia, y a los intereses de cada nación. Por lo menos, hasta que en las últimas décadas se puso en boga el neo liberalismo.
En Colombia, en el estilo inconfundible de la oligarquía de madrugar a aplicar todo lo que sea malo para el país, la cruzada por destruir la educación pública negándole los recursos, aplastando cualquier atisbo de autonomía y convirtiendo el conocimiento en un mamarracho de sí mismo, lleva ventajas sobradas. Los esfuerzos que se hicieron desde Santander y los Radicales han sido perseguidos con saña ideológica y contumacia bélica. Ni se diga de las batallas que en las últimas décadas han levantado FECODE, a la cabeza de los maestros, y los jóvenes universitarios.
Por eso, hoy, cuando el Fondo Monetario Internacional, La Casa Blanca y La Unión Europea tocan a degüello planetario contra la educación pública y, naturalmente, sus lacayos en Colombia se ponen a punto para la sarracina –más cuando ya se casaron con ella en el TLC- es, más que oportuno, imprescindible, para defender la educación, poner a punto las herramientas ideológicas y políticas que han desarrollado los sectores democráticos y populares. Principalmente, las diez tesis del movimiento pedagógico -impulsado por FECODE- y que siguen incólumes en su vigencia. Hagamos, a riesgo de esquematismo, una síntesis de ellas:
1. Sirvieron de base a la batalla que culminó en la Ley General de Educación y en la oposición a la contrarreforma neoliberal que se desató cuando todavía no se había secado la tinta de ella.
2. Establecen dos ejes: la relación del maestro con la pedagogía, la enseñanza, el conocimiento y la cultura; y la defensa de la educación pública.
3. Aclaran que la tarea fundamental es la enseñanza, por lo cual se debe elaborar por los educadores un Plan Nacional de Estudios en el marco de la autonomía educativa.
4. Definen que la Educación Pública, para serlo, debe ser: financiada íntegramente por el Estado, gratuita, accesible e igual para todos y sin discriminación.
5. Señalan los elementos esenciales de la Ley General de Educación: aumento progresivo de recursos, financiación completa, autonomía escolar y territorial, pre escolar de tres años, educación media técnica, fines y objetivos específicos.
6. Plantean involucrar en su lucha a los padres de familia y a las universidades públicas.
7. Orientan la relación con los intelectuales para trabajar la pedagogía y defender la Educación Pública.
8. Desarrollan y reflejan la conciencia de los maestros sobre la problemática del país.
9. Rechazan enfáticamente la política de convertir a la escuela en empresa, a la educación en mercancía, al rector en gerente y al maestro en instrumento de la gestión empresarial.
10. Impulsan la revista Educación y Cultura para defender la Educación Pública, mejorar permanentemente la educación, formar conciencia de los maestros y expresar su pensamiento y creatividad.
Como una luz potente y permanente atraviesan las tesis planteamientos centrales: Educación Pública científica, con autonomía y financiada plenamente por parte del Estado. Y nos hacen recordar viejas y sabias palabras:
Quería que fuese (la educación) gratuita y obligatoria,
multiplicada bajo todas las formas, prodigada a todos
como el aire y el sol, en una palabra, al pueblo entero…
Palabras que surgen, no como podría suponerse, de la conversación de unos muchachos sin futuro o de unos maestros sin presente de este siglo XXI en Colombia, Chile, España o Estados Unidos, sino de Marius y Jean Valjean en Los Miserables, la monumental obra de Víctor Hugo, publicada en 1862.
En suma, hablamos de un debate que lleva tiempo –se cuenta por siglos- y que, en general, en aquellos países que supieron ponerse al frente del avance de la humanidad en cuanto a conocimiento, cultura y desarrollo se inclinó en los hechos y la teoría por una educación pública que se sirve y sirve a la ciencia, y a los intereses de cada nación. Por lo menos, hasta que en las últimas décadas se puso en boga el neo liberalismo.
En Colombia, en el estilo inconfundible de la oligarquía de madrugar a aplicar todo lo que sea malo para el país, la cruzada por destruir la educación pública negándole los recursos, aplastando cualquier atisbo de autonomía y convirtiendo el conocimiento en un mamarracho de sí mismo, lleva ventajas sobradas. Los esfuerzos que se hicieron desde Santander y los Radicales han sido perseguidos con saña ideológica y contumacia bélica. Ni se diga de las batallas que en las últimas décadas han levantado FECODE, a la cabeza de los maestros, y los jóvenes universitarios.
Por eso, hoy, cuando el Fondo Monetario Internacional, La Casa Blanca y La Unión Europea tocan a degüello planetario contra la educación pública y, naturalmente, sus lacayos en Colombia se ponen a punto para la sarracina –más cuando ya se casaron con ella en el TLC- es, más que oportuno, imprescindible, para defender la educación, poner a punto las herramientas ideológicas y políticas que han desarrollado los sectores democráticos y populares. Principalmente, las diez tesis del movimiento pedagógico -impulsado por FECODE- y que siguen incólumes en su vigencia. Hagamos, a riesgo de esquematismo, una síntesis de ellas:
1. Sirvieron de base a la batalla que culminó en la Ley General de Educación y en la oposición a la contrarreforma neoliberal que se desató cuando todavía no se había secado la tinta de ella.
2. Establecen dos ejes: la relación del maestro con la pedagogía, la enseñanza, el conocimiento y la cultura; y la defensa de la educación pública.
3. Aclaran que la tarea fundamental es la enseñanza, por lo cual se debe elaborar por los educadores un Plan Nacional de Estudios en el marco de la autonomía educativa.
4. Definen que la Educación Pública, para serlo, debe ser: financiada íntegramente por el Estado, gratuita, accesible e igual para todos y sin discriminación.
5. Señalan los elementos esenciales de la Ley General de Educación: aumento progresivo de recursos, financiación completa, autonomía escolar y territorial, pre escolar de tres años, educación media técnica, fines y objetivos específicos.
6. Plantean involucrar en su lucha a los padres de familia y a las universidades públicas.
7. Orientan la relación con los intelectuales para trabajar la pedagogía y defender la Educación Pública.
8. Desarrollan y reflejan la conciencia de los maestros sobre la problemática del país.
9. Rechazan enfáticamente la política de convertir a la escuela en empresa, a la educación en mercancía, al rector en gerente y al maestro en instrumento de la gestión empresarial.
10. Impulsan la revista Educación y Cultura para defender la Educación Pública, mejorar permanentemente la educación, formar conciencia de los maestros y expresar su pensamiento y creatividad.
Como una luz potente y permanente atraviesan las tesis planteamientos centrales: Educación Pública científica, con autonomía y financiada plenamente por parte del Estado. Y nos hacen recordar viejas y sabias palabras:
Quería que fuese (la educación) gratuita y obligatoria,
multiplicada bajo todas las formas, prodigada a todos
como el aire y el sol, en una palabra, al pueblo entero…
Palabras que surgen, no como podría suponerse, de la conversación de unos muchachos sin futuro o de unos maestros sin presente de este siglo XXI en Colombia, Chile, España o Estados Unidos, sino de Marius y Jean Valjean en Los Miserables, la monumental obra de Víctor Hugo, publicada en 1862.
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