No habla bien de los gobiernos asaltar a la opinión con astucias técnicas para recibir palmas de la galería.
Desde 2011, Colombia decidió acoger el sistema OPHI, Oxford Human and Development Initiative, distinto al tradicional, de la pobreza medida por ingreso monetario. El índice central del OPHI es conocido como de Pobreza Multidimensional y, con algunas variaciones, podría asimilarse al de Calidad de Vida, ICV, e incluso al de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI).
Al porcentaje de personas que carecen de más del 33 % de los estándares se le llama incidencia y al porcentaje en que dicho conjunto de individuos carece en las tres áreas nombradas se le denomina intensidad. El índice IPM es la multiplicación de estos dos porcentajes. La variable cuantitativa más relevante es la incidencia. En el 2010, el IMP para Colombia era del 5,4 % y para Bogotá, del 0,7 %. (Véase OPHI Country Briefing June 2015: Colombia). El Dane hizo una medición “ajustada” para el 2014, cuatro años después del primer IPM. Para el país y para la capital, en efecto, la reducción fue como los dos mandatarios anunciaron.
Sin embargo, según el propio Dane, otra cosa pasa cuando se habla de pobreza monetaria, mucho más ligada al desempeño del gobierno de turno, más derivada de las políticas económicas adelantadas en cada mandato. Bajo esa óptica, el porcentaje de la población pobre crece tanto para Bogotá como para Colombia, y, lo más grave, es todavía más notorio en números absolutos. Mientras que en el país los pobres “multidimensionales” son 10,336 millones, los pobres por ingreso monetario son 13,2 millones, tres millones más, y, en la capital, cuando en la primera medición se cuentan 418.000 personas, en pobreza monetaria están casi el doble.
El ‘golpe de opinión’ de Santos y Petro no para ahí. Es obvio que en el caso de la pobreza multidimensional se trata de acumulados que la sociedad, y ella a través del Estado, ha logrado. No es entonces fruto exclusivo de su ‘gestión’. En gracia de discusión, el mérito podría radicar en no haber cambiado la tendencia de reducción así haya tenido un menor ritmo, sobre todo en Bogotá, donde, en cuanto a la pobreza monetaria extrema, sí aumentó con respecto al 2013, e igual sucedió con la desigualdad, comparada con el 2012, al crecer el respectivo coeficiente de Gini, de 0,497 a 0,502. Este, dicho sea de paso, en el dominio nacional, está estancado en 0,539 desde hace tres años. No habla bien de los gobiernos asaltar a la opinión con astucias técnicas para recibir palmas de la galería.
En un debate al respecto me preguntó un economista joven con ánimo retador: “¿Qué prefieres: ser pobre en Colombia o en Cuba?”. La respuesta es que en ninguno de los dos, pero es claro que en nuestro caso, aspirando a ingresar a la Ocde, la premisa fundamental está en que las carencias en áreas básicas deberían superarse y el factor determinante habrá de ser el ingreso. Creo que en Cuba, donde en educación y sanidad están por encima de nosotros, también lo deberá ser y se informa, según noticias, que las reformas actuales ya apuntan hacia allá, algo que –por lo visto– no parecieran estar pensando los gobiernos de por acá.
Aurelio Suárez Montoya
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