27/09/2021

Bienvenidos a la Universidad del Atlántico

Organización Colombiana de Estudiantes, febrero de 2011.

Al emprender este nuevo recorrido en el arduo camino de nuestra existencia e iniciar nuestra vida universitaria, traemos con nosotros bolsos y mochilas cargados de expectativas, deseos, esperanzas, anhelos e incluso ilusiones, pero sobre todo sueños por cumplir; sueños que vislumbran nuestras mentes y que se representan en sed de triunfos, en glorias por alcanzar. Son los sueños por transformar la cara de este angustioso presente, sueños por un mañana mejor, sueños por escribir una historia distinta en un país que se ha quedado sin memoria. Sueños que muchas veces quedan en eso, en quimeras inalcanzables, truncados por las circunstancias en las que se desenvuelve el país y la universidad como un vivo reflejo de aquel.

Estos son tiempos en los que sufrimos con rigor una globalización excluyente y retardataria en beneficio de los países más poderosos. Debemos saber que son aquellos países, industrializados y económicamente más avanzados, los que hoy en día le apuestan a la educación superior como mecanismo para mantener vigente su poderío y seguir avanzando en los niveles tanto de desarrollo como de productividad. Son precisamente dichos países los que más recursos invierten en la generación de conocimiento, que llegan a alcanzar un 3% de su Producto Interno Bruto, PIB. Por otro lado encontramos a los llamados países en desarrollo, o mejor, en subdesarrollo, cuya inversión en el sector educativo es minúscula y no alcanza siquiera el 1% de su PIB. Entre estos últimos países, el nuestro es vergonzosamente uno de los más rezagados, puesto que su inversión en el sector escasamente logra el 0.4% del PIB, por lo cual podemos determinar con facilidad el porqué de la situación real de nuestra educación.

Vemos cómo en Colombia la educación pública ha sido relegada a un segundo, tercer… o mejor cuarto plano, colocando por encima de ella intereses económicos de multinacionales y potencias extranjeras que intervienen directamente en las decisiones que deberíamos tomar autónomamente. Entes como el FMI y el Banco Mundial afianzan de esta forma un modelo de educación neoliberal, en el cual el Estado se preocupa cada día menos por forjar ciudadanos que impulsen el desarrollo de la nación, engrosando las filas de losl desempleados, el denominado ejército de reserva laboral, para favorecer los intereses del capital financiero, que puede así acceder a mano de obra calificada y muy barata.

En los últimos años el sistema ha venido sufriendo andanadas privatizadoras, que limitan nuestro derecho constitucional a la educación. Los más recientes son el recorte a las transferencias y el proyecto de reforma a la ley 30 o ley de educación superior, contra la cual el movimiento estudiantil se ha levantado valerosamente y hoy tiene que seguir haciéndolo para defender aquellos elementos democráticos que mantiene, como la autonomía universitaria. En suma, la universidad pública se ve cada vez más acorralada y se acerca precipitadamente a su desaparición. Y claro está, la Universidad del Atlántico no constituye la excepción. Por el contrario, es el peor retrato de esta cruda realidad.

Qué tozuda y virulenta es la realidad que hoy enfrenta nuestra Universidad, tanto que no sabemos si reírnos o más bien llorar. Inmersa en una profunda crisis en todos sus órdenes: Asfixiada económicamente; con matrículas extremadamente elevadas en comparación con otras universidades públicas, y con una calidad académica por el suelo, lo cual no puede ser producto sino de los malos manejos administrativos y del paupérrimo incentivo para la investigación, el arte, la cultura y el deporte, elementos esenciales de un aprendizaje integral. Y todo sin hablar de la “democracia” interna, que no puede ser calificada de otra manera que de falacia retórica, porque no podemos hablar de democracia en una universidad suyos estamentos fundamentales no son escuchados ni pueden expresar su opinión libremente sin ser estigmatizados y perseguidos. La única democracia existente en la universidad es la democracia de bolsillo, en la cual predominan los intereses particulares, la politiquería; el lagartismo y la corrupción. Es esa democracia representada por los llamados cuerpos colegiados, donde existen “representantes estudiantiles”, que de eso solo tienen el nombre, pues no representan más que sus mezquinos intereses, capaces de venderse al mejor postor. Esa es la única democracia en nuestra Alma Mater, una democracia establecida por una rectora impuesta desde las más altas esferas del poder público y respaldada por las grandes mayorías del Consejo Superior. Fue elegida rectora en propiedad por tres años más, con el beneplácito de Franklin Ortega, “representante estudiantil” ante el Consejo Superior, que sin sonrojarse pasó por encima del sentir general y votó por Ana Sofía Meza, ejecutora de muchas desgracias para el estudiantado.

Nos entristece en verdad no poderles dar una bienvenida a la Universidad en este nuevo año académico resaltando aspectos positivos de ella, pero sería mentirles. Pensamos que la realidad siempre es mejor enfrentarla y por eso hoy los conminamos a no desfallecer en sus esfuerzos por materializar ese sueño común de alcanzar una verdadera educación pública al servicio de nuestra sociedad.

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