Malos y buenos negocios

Por: Alfredo Molano Bravo*
Excepciones habrá, pero la educación privada es un gran negocio.
En dos años un kínder de garaje se vuelve un colegio con edificios, campos deportivos, laboratorios y certificaciones internacionales. Meritorio, sin duda, el sacrificio de los padres de familia que han empeñado hasta la camisa para que los niños estudien. El Ministerio de Educación, tan soberbio y duro con los universitarios, se arrodilla ante el gremio de colegios privados con pensiones escandalosamente altas y arbitrarias; colaboraciones de todo tipo; venta de materiales educativos en “la secretaría del colegio”; cursos extraordinarios de inglés, natación y matemáticas; excursión de fin de año, cumpleaños del rector. Las asociaciones de padres suelen alcahuetearle al consejo directivo de la institución lo que al rector se le ocurra para competir en el mercado. El peso de la educación en la canasta familiar — junto con servicios, salud, vivienda, transporte — es desorbitado. La clase media, que paga su pecado de arribismo en ese costo, se endeuda sin alternativa. Maneja varias tarjetas de crédito, una deuda acumulada que tarde o temprano cae en manos del feroz e implacable “cobro jurídico”. La cartera vencida suma hoy 12 billones de pesos, el 90% de tarjetas de crédito: puro consumo.

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