02/08/2021


Tito Lucrecio Caro

Guillermo Guevara Pardo, Tribuna Magisterial, Bogotá, septiembre 9 de 2012

Entre los filósofos materialistas de la Antigüedad destaca el latino Tito Lucrecio Caro (99–55 a.C) y su luminosa obra, De Rerum Natura (Sobre la naturaleza de las cosas). Continuador de las ideas de Epicuro y de los atomistas griegos, el tratado de Lucrecio tiene por objeto liberar a la humanidad del miedo a la muerte y los dioses, explicar que los fenómenos terrestres obedecen a causas naturales y que el mundo no se rige por ningún poder divino. San Jerónimo (340–420), Padre de la Iglesia, inventó la truculenta historia de que el poeta latino enloqueció al tomar un filtro de amor y que posteriormente se suicidó. Lo que el santo católico realmente buscaba era desprestigiar la concepción filosófica defendida por Lucrecio y el espíritu epicúreo de su texto.
De Rerum Natura mantiene una sorprendente vigencia a pesar de que la obra fue compuesta hace más de dos mil años. Para Lucrecio la naturaleza está formada únicamente por dos sustancias: átomos y vacío, combatiendo, como su maestro Epicuro, el espiritualismo de Platón y Aristóteles; considera que el alma no es una entidad distinta e inmaterial, sino que también está formada por átomos; sostiene que la materia es infinita e infinito su movimiento pues “la Naturaleza disuelve cada cosa en sus elementos, pero no la aniquila”; defiende el origen material del universo ya que “jamás cosa alguna se engendró de la nada, por obra divina”. Para alcanzar la libertad y la felicidad Lucrecio recomienda abandonar el camino de la religión y aceptar, a cambio, el de la ciencia. Esto no significa, como pensaba, por ejemplo, el poeta británico John Keats, que la ciencia de Newton había destruido toda la belleza del arco iris cuando el científico inglés lo descompuso en sus colores prismáticos. Todo lo contrario, como ha apuntado Richard Dawkins en su libro ‘Destejiendo el arco iris’: “El asombro reverencial que la ciencia puede proporcionarnos es una de las más grandes experiencias de la que es capaz la psique humana. Es una profunda pasión estética comparable a la música y la poesía más sublimes. Es, ciertamente, una de las cosas que hacen que valga la pena vivir, y lo hace de manera más efectiva, si cabe, al convencernos de que nuestro tiempo de vida es finito”.
Lucrecio se adelantó siglos a contradecir los llamados “principio antrópico” y “diseño inteligente” cuando escribió que “el mundo no ha sido creado para nosotros por obra divina”, contradiciendo lo escrito por Stephen Hawking para quien “vemos el Universo en la forma que es porque existimos”, o como lo ha declarado Paul Davies: “El Universo es como es porque Dios ha elegido que sea de este modo”.
En el problema de la relación mente-cuerpo afirmó que “el espíritu o mente…es una parte del hombre” lo que ha sido confirmado por la moderna neurobiología: la mente y el cerebro no están separados, como lo sostiene el pensamiento cartesiano; defendió la independencia de la realidad del mundo exterior, la percepción de los objetos primero por los sentidos y el surgimiento del conocimiento por la acción de la mente sobre la base de la sensación exterior: “Hallarás que la noción de verdad nos viene dada, en primer término, por los sentidos, y los sentidos son irrefutables”.
Pero que sean los dos siguientes fragmentos extraídos de su magna obra los que hablen de la grandeza de su pensamiento:
Sólo hay dos sustancias: átomos y vacío
Siguiendo adelante con la trama de mi discurso, la Naturaleza entera, en cuanto existe por sí misma, consiste en dos sustancias: los cuerpos y el vacío en que éstos están situados y se mueven de un lado a otro. Que el cuerpo existe por sí, lo declara el testimonio de los sentidos, a todos común; si la fe en ellos no vale como primer criterio inatacable, en los puntos oscuros nos faltará un principio al que pueda apelar la razón para alcanzar la certeza.* Por otra parte, si no existiera el lugar y el espacio que llamamos vacío, los cuerpos no podrían asentarse en ningún sitio, ni moverse en direcciones distintas; es lo que poco antes he demostrado.
No existe una tercera sustancia
Aparte de estas dos, no hay otra sustancia a la que puedas llamar totalmente inmaterial y a la par distinta del vacío, que sea como un tercer modo de existir. Pues todo cuanto existe debe ser algo real por sí mismo, de tamaño mayor o menor, con tal que lo tenga; y si es de cualidad tangible, por leve y exiguo que sea, irá a engrosar el número de los cuerpos y completará su total. Y si es impalpable, y por ningún lado puede impedir la penetración de otro cuerpo, será evidentemente lo que llamamos espacio vacío. Además, todo lo que existe por sí mismo, o ejercerá una acción o sufrirá la que sobre él ejerza otro cuerpo; o será tal que en él puedan existir y producirse otras cosas; pero nada es capaz de acción y pasión si carece de cuerpo, y nada puede ofrecer espacio fuera del vacío, o sea, la extensión vacante. En consecuencia, además del vacío y los cuerpos, no queda en la Naturaleza ninguna tercera sustancia que exista por sí, capaz de ponerse jamás al alcance de nuestros sentidos o de ser aprehendida por el razonamiento.
*Para la canónica epicúrea, el único criterio de certeza es el testimonio de los sentidos. Si desconfiamos de éstos, cuánto más deberemos desconfiar de la razón, que en ellos se apoya. (Lucrecio, De la Naturaleza, Planeta, Barcelona, 1987)

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