02/08/2021

La verdadera vuelta a Colombia

Francisco Torres
Secretario de Prensa ASEDAR – Arauca
pachotorresm@gmail.com,
31 de julio de 2012

En su vuelta a Colombia el Gobierno de Santos acaba de darnos a los colombianos noticias color de rosa sobre la educación. Es un nuevo, todo bien, todo bien, lleno de optimismo oficial que, como sucede generalmente con el optimismo santista,  va en contravía de la realidad.
En el juego de palabras a que ha reducido el desarrollo de Colombia, la educación es un riel de las locomotoras de la prosperidad, un riel transversal por donde deben transitar las locomotoras. Imágenes enredadas donde ya no se sabe si terminarán estrelladas las tales locomotoras. Pero esas son las honduras de la propaganda gubernamental, entendibles únicamente por doctores graduados en Harvard. Y eso.
En un entresacar de cifras la ministra habla de 800 mil millones para construcciones escolares. El presidente, a su vez, saca pecho porque se reubicaron 160 mil millones que iban para alumnos fantasmas. Pese a esos anuncios lo que se ve a lo largo y ancho de Colombia son escuelas y colegios en ruinas, casi fantasmales.
En el caso de la educación rural, la ministra nos informa que se ha disminuido la brecha entre la educación rural y la urbana de 4,9 a 4,5. Lo que eso signifique lo entenderán unos pocos iniciados. Como aquello de que impulsará un nuevo estatuto docente cuya diferencia con el 1278 es que será exactamente igual con su meritocracia de mentiras, diseñada para que por más méritos que tengan los maestros no puedan ascender.
A esa vuelta a Colombia del gobierno se le puede oponer la de la Colombia de verdad.
Recordar como en Tumaco, en el Alto Mira, se ahogaron tres maestros que viajaban en una canoa, único medio de trasporte hacia sus escuelas. Como en ese mismo municipio, en San José de Caunapí, los estudiantes no tienen transporte escolar. Como en las sabanas araucanas, por ejemplo, en la vereda de El Samán, la maestra demora en invierno nueve horas para llegar a su escuela o como los niños de Los Angelitos y La Arenosa deben salir de sus casas a las tres de la mañana. En Caquetá los estudiantes que viven en las veredas Alto de San Luis y la Unión, del municipio de Belén de los Andaquíes, deben caminar dos horas para llegar al Centro Educativo San Luis, y a la salida, otras dos horas para volver a sus casas. Lo que pasa con los niños Wayuu, con los del Meta y así por todo el territorio patrio.
Cuántos niños que salen a las carreteras a esperar que alguien los lleve por solidaridad en un carro. Cuántos que deben vadear caños y esteros con el agua al pecho. Otros pasando cañones colgados de un cable como lo ha denunciado repetidamente programas de televisión como el de Pirry. Los que pasan caños hediondos haciendo maromas en tres tablas. Los que trasiegan endebles carreteras destrozadas por las tracto mulas de las multinacionales.
Niños de Colombia que estudian en escuelas que no se han caído de milagro, niños cuya alimentación escolar consiste en un pan y una avena para no desfallecer, al cual se le llama, nuevos juegos de palabras, refuerzo alimentario y que llega a apenas al 45% de los alumnos. A los otros, como ellos dicen, les rayan la cara.
La Colombia profunda, la de las zonas rurales, la de las comunas, los barrios de invasión, las desangeladas ciudades dormitorio sabe de su realidad. Por eso, las maniobras de Santos son cada día más visibles y más repudiadas por los colombianos.     

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *