Las muy numerosas y muy justas protestas de campesinos y productores de todos los pisos térmicos nos han recordado algo que Santos deseara desterrar de la memoria colectiva. Qué Colombia puede producir prácticamente todo lo que necesitan sus habitantes, desde una humilde papa y unos granos de arroz para llenar el estómago del hambriento, hasta las bebidas que animan el paso del sueño a la vigilia, un pocillo de café, una taza de chocolate. Y que si no lo hace es porque su gobierno se empeña por todos los medios en impedirlo.
Recorriendo el país encontramos, al lado de las fincas de café menguadas por la política destructora del gobierno santista, de las finquitas cacaoteras que sobreviven de milagro, de los cultivos de papa y cebolla a punto de desaparecer, de las extintas rozas de maíz, de la otro hora pujante agroindustria arrocera, las escuelas y colegios públicos tan abandonados como el campo nacional y al frente de ellos, tan perseguidos como los cultivos emblemáticos de la patria, los maestros colombianos.
Paralela a la ruina del campo decretada por la política de las aperturas económicas, los TLCs y las masivas dosis de letal neoliberalismo, se hunde la educación pública rural, también víctima de las mismas pócimas.
Si escasean los alumnos –y como no van a escasear con la ruina del agro- la alegre solución gubernamental es cerrar las escuelitas. Como quien dice el puntillazo final. Los colegios agropecuarios son perseguidos porque requieren más maestros y mayor dotación, se imponen programas remediales que tienen el común denominador de disminuir el número de maestros afectando la calidad de la educación. Aún así, siempre faltan maestros en ese campo desolado. Entonces el Ministerio de Educación –qué ironía que tenga ese nombre- , arremete privatizando, sometiendo a los niños campesinos a ver su año de clases recortado en meses y a sus maestros a salarios de hambre. Dirá el gobierno que para que armonicen con la miseria del campesinado.
Tanto como surgen las celadas desde las mismas autoridades y las mismas concepciones apátridas, también encuentran un mismo cauce las luchas que defienden los intereses de aquellos que siembran en el vientre de la tierra la semilla próvida, con los anhelos de quienes pretenden llevar a sus hijos, los hijos de esta tierra, la simiente del conocimiento científico.
Los paros de cafeteros, cacaoteros, arroceros, paperos y productores de tierra fría han hecho volver los ojos de Colombia hacia la gallardía imprescindible de su gente campesina. De ellos venimos y sin ellos no podremos asentarnos en el futuro. Por eso, también, no podemos excusarnos del deber de defender para sus hijos y los de toda Colombia la educación que merecen.
Los maestros colombianos, que nos aprestamos a enarbolar la bandera del paro indefinido, no podemos olvidarlo, como no podemos ignorar el ejemplo generoso que nos dan cientos de miles de mujeres y hombres que en las carreteras de este gran país han señalado un derrotero cierto, el de la lucha consecuente, unificada y democrática que ha de transformar a Colombia
Recorriendo el país encontramos, al lado de las fincas de café menguadas por la política destructora del gobierno santista, de las finquitas cacaoteras que sobreviven de milagro, de los cultivos de papa y cebolla a punto de desaparecer, de las extintas rozas de maíz, de la otro hora pujante agroindustria arrocera, las escuelas y colegios públicos tan abandonados como el campo nacional y al frente de ellos, tan perseguidos como los cultivos emblemáticos de la patria, los maestros colombianos.
Paralela a la ruina del campo decretada por la política de las aperturas económicas, los TLCs y las masivas dosis de letal neoliberalismo, se hunde la educación pública rural, también víctima de las mismas pócimas.
Si escasean los alumnos –y como no van a escasear con la ruina del agro- la alegre solución gubernamental es cerrar las escuelitas. Como quien dice el puntillazo final. Los colegios agropecuarios son perseguidos porque requieren más maestros y mayor dotación, se imponen programas remediales que tienen el común denominador de disminuir el número de maestros afectando la calidad de la educación. Aún así, siempre faltan maestros en ese campo desolado. Entonces el Ministerio de Educación –qué ironía que tenga ese nombre- , arremete privatizando, sometiendo a los niños campesinos a ver su año de clases recortado en meses y a sus maestros a salarios de hambre. Dirá el gobierno que para que armonicen con la miseria del campesinado.
Tanto como surgen las celadas desde las mismas autoridades y las mismas concepciones apátridas, también encuentran un mismo cauce las luchas que defienden los intereses de aquellos que siembran en el vientre de la tierra la semilla próvida, con los anhelos de quienes pretenden llevar a sus hijos, los hijos de esta tierra, la simiente del conocimiento científico.
Los paros de cafeteros, cacaoteros, arroceros, paperos y productores de tierra fría han hecho volver los ojos de Colombia hacia la gallardía imprescindible de su gente campesina. De ellos venimos y sin ellos no podremos asentarnos en el futuro. Por eso, también, no podemos excusarnos del deber de defender para sus hijos y los de toda Colombia la educación que merecen.
Los maestros colombianos, que nos aprestamos a enarbolar la bandera del paro indefinido, no podemos olvidarlo, como no podemos ignorar el ejemplo generoso que nos dan cientos de miles de mujeres y hombres que en las carreteras de este gran país han señalado un derrotero cierto, el de la lucha consecuente, unificada y democrática que ha de transformar a Colombia
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