Un día en la vida de un maestro

Francisco Torres, Secretario de Prensa Asedar Arauca, marzo 20 de 2012

De madrugadas un montón, de trasnochadas una montaña, esa es la vida de los maestros colombianos, que desearían días de veinticinco horas para por lo menos tener un poco de descanso, aunque siempre existiría el riesgo de que una ministra neoliberal y un rector sumiso decidieran colonizar ese nuevo espacio de tiempo para extender la jornada escolar, convocar reuniones que no sirven para nada, hacer reuniones de pares, trabajarle a la certificación del colegio, recibir un curso de no sé qué, qué no sirve para nada –sólo para que alguien se gane un contrato-, barrer y trapear solo o con los estudiantes o alguno de los otros tormentos con que diariamente se flagela a los educadores colombianos, por eso, por ser educadores y por ser colombianos.
Cuando aún no ha salido el sol, ni los gallos se han acordado de su misión de cantar, ya están los maestros corriendo. En motos o en camperos por las trochas de nuestra ruralidad, ora bajo nubes de polvo, ora entre los barrizales; en buses o en transmilenios laminados por la humanidad de otros colombianos pobres que madrugan a las fábricas o a vender tinto en cualquier esquina. Si algunos educadores tienen un carrito es como fruto de decenios de trabajo. Y de esa manera, ya exprimidos, literalmente, comienzan su jornada que se desarrolla en los salones de clase con cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta estudiantes destrozando la voz y los nervios en el camino inexorable de ganarse una afección irreparable del órgano fonador o alguna depresión u otra enfermedad mental, que difícilmente le será reconocida como enfermedad profesional porque estos ilustres gobiernos no han tenido tiempo –pobrecitos, trabajan tanto- para definir cuáles son las enfermedades de la profesión docente.
En los recreos o descansos haciendo turno de disciplina o convivencia en todos los rincones del colegio tratando de resolver los problemas originados por la descomposición social que como un huracán recorre el país.
En las horas sin asignación académica –en secundaria, porque en primaria el maestro tiene el cupo completo- llenando alguno de los infinitos cuadros que recetados desde el ministerio han convertido la educación en un ejercicio de competencia burocrática entre los colegios a ver quien tiene más información inútil.
Las seis horas de permanencia convertidas en seis y media. Muy bien, dicen de Santos para abajo, y ojala fuera más. Por eso impulsan la jornada complementaria –a la que no le asignan nuevos establecimientos ni más profesores- con el secreto empeño de aumentar la carga académica a treinta o más horas.
En las aborrecidas reuniones en contra jornada, citadas con cualquier pretexto, al amparo de una legislación hecha para aburrir y perseguir y de las cuales ya hemos dado explicación abundante arriba.
Cuando por fin el maltrecho maestro se ve liberado de la coyunda endereza sus cansados pasos a casa donde como sobremesa de su bien ganada cena le espera su tercer tramo de trabajo a la luz brillante de los bombillos: evaluar, preparar clase, investigar, etc. y otros etcéteras. Y de ese modo le dan las tantas, hasta que se da cuenta que no va a tener las suficientes horas de descanso.
Ahora, si es mujer, y el 70% del magisterio es del género femenino, agréguele a todo ese trabajo el de la casa y el cuidado de los hijos y entonces hay que preguntarse cómo hacen estas valientes para cumplir con todas sus tareas.
Además, si el educador quiere mejorar en su carrera se da a la quehacer de una especialización o una maestría. No me pregunten a qué horas estudia, pero de seguro le roba a su salud y a sus hijos los sábados y domingos. Después de lo cual si es maestro nuevo –y cada día son más los maestros nuevos- recibe cien mil infelices pesos de aumento y la promesa del paraíso de un ascenso si es capaz de pasar el desierto inacabable de las evaluaciones.
Pero los condecorados burócratas que pasan con gran provecho –para sus personas, naturalmente- de lo privado a lo público y viceversa, sólo tienen palabras de reproche y de desprecio para los maestros, honestos servidores del pueblo colombiano. Qué bien les caería como receta a los que desde los altos cargos oficiales y privados se dedican al innoble oficio de destruir la educación pública y de perseguir con saña a los maestros, un año de pasantía dictando clase en un primero de primaria, elaborando todos los cuadros y asistiendo a todas las inanes reuniones que se han inventado.
Entonces sabrían lo que es el día de un maestro y lo mucho que vale éste.

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