02/08/2021

60 años del ADN


Guillermo Guevara Pardo, Tribuna Magisterial, abril 21 de 2013

Hace 60 años James Watson y Francis Crick, en el Laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge y, Maurice Wilkins y Rosalind Franklin, en el King’s Pero la historia había empezado antes, en la segunda mitad del siglo XIX, con el sacerdote agustino Gregor Mendel, en Brünn (hoy Brno), en la actual República Checa, y con un taciturno médico suizo, Friedrich Miescher, en las ciudades alemanas de Tübingen y Leipzig. Durante años, en los 250 metros cuadrados del jardín de su monasterio, Mendel se dedicó a cruzar plantas de arveja y a observar cuidadosamente la manera como ciertas características de esos vegetales se heredaban generación tras generación. Su detallado trabajo experimental y un sencillo análisis matemático, le llevaron a concluir que cada uno de los rasgos por él estudiados estaban determinados por unos “factores” (hoy llamados genes) independientes unos de otros. Como el trabajo de Mendel se hizo con desconocimiento total de las bases materiales de la herencia, los “factores” por él propuestos para explicar los resultados de sus experimentos les parecieron a sus pares científicos una especulación sin ninguna base creíble, contingencia histórica que llevó su investigación al olvido, hasta principios del siglo siguiente.
Por esa misma época Miescher estaba investigando la composición química del núcleo de las células del pus (glóbulos blancos) donde encontró una sustancia de carácter ácido a la que llamó “nucleína”. El material de estudio lo obtenía de las vendas usadas que generosamente le proporcionaba una clínica cercana a su laboratorio. Los análisis químicos de los núcleos de células de distintas especies animales demostraron la particular ubicuidad de la recién descubierta nucleína. El médico suizo nunca sospechó que esa sustancia pudiera estar vinculada a los procesos de la fecundación y de la herencia; incluso llegó a negar su participación en esos eventos. Para tales efectos prefería recurrir a las proteínas, moléculas consideradas más adecuadas para explicar la gran diversidad del mundo vivo, tesis favorecida por los biólogos de su tiempo.
Recién iniciado el siglo XX se redescubre el trabajo de Mendel, naciendo así la genética como una nueva rama en el frondoso árbol de la biología; en los años 1920 se encuentra que la nucleína está formada por dos ácidos: el ADN y el ARN (ácido ribonucleico) y entre las décadas de los años 1940 y 1950 se demuestra, sin ningún asomo de duda, que el ADN es la molécula portadora de la herencia. Todos estos logros científicos prepararon el camino para que Watson, Crick, Franklin y Wilkins anunciaran en el año 1953, en la prestigiosa revista Nature, que habían descubierto la estructura de la molécula de ADN. A este monumental hallazgo contribuyó notablemente la biofísica inglesa Rosalind Elsie Franklin, quien había logrado captar la imagen clave que demostraba que el ADN estaba formado por dos hélices y que fue dejada ver por Wilkins, sin autorización de la investigadora, a Watson y Crick. La brillante científica no pudo disfrutar de los laureles del premio Nobel de Medicina otorgado en 1962 a sus tres colegas, pues murió en 1958 víctima de un cáncer de ovario.
A partir de entonces la molécula de ADN ha brindado numerosos avances científicos y novedosos desarrollos tecnológicos. La historia de su descubrimiento es un triunfo del método científico y de la concepción que sostiene que la ciencia es el camino más seguro que hay que recorrer si deseamos tener un conocimiento racional de cómo funciona el mundo. La sexagenaria armazón del ADN aún guarda para nosotros infinitas sorpresas.

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