SIN SOBERANÍA, SIN HISTORIA

SIN SOBERANÍA, SIN HISTORIA

Bogotá D.C., 22 de enero 2018, Francisco Torres M,

A raíz de la expedición de la ley 1874, cuyo objeto es “restablecer la enseñanza obligatoria de la Historia de Colombia como una disciplina integrada en los lineamientos curriculares de las ciencias sociales” se ha abierto la nunca cerrada herida de la desaparición de la enseñanza de la historia en general, no sólo la de Colombia, agenciada, estimulada e impuesta por el Ministerio de Educación Nacional. Al respecto escribí en 2012:

En tiempos antiguos cuando se trataba de destruir por completo a un pueblo, después de derrotarlo en batalla se derrumbaban sus ciudades y se sembraba de sal sus campos, sus habitantes eran vendidos como esclavos, sus dioses desterrados o atados a los carros de guerra de los vencedores, y su nombre, historia y lengua proscritos. Para consuelo, unos cuantos renegados alcanzaban el vergonzoso estipendio de la traición.

Con la llegada de la época de los monopolios y del imperialismo esos métodos fueron elevados a una macabra sabiduría. No es sino recordar los campos de exterminio de los nazis, la destrucción planificada de las naciones de Europa, Asia y África por el Eje, la esclavitud de sus trabajadores, la falsificación sistemática de la historia y la cultura, la propaganda elevada a ciencia de la desinformación.

¿Qué hace en ese terreno Estados Unidos, la súper potencia de nuestros tiempos? No obstante la curva pronunciada de su decadencia material y cultural –o quizá, precisamente por ello- el imperialismo del norte arrasa países (Irak, Afganistán, Libia –asociada con la Unión Europea-, Palestina –por la mano interpuesta de Israel) y anhela otros para sus misiles (Siria, Irán).

Despedaza las naciones -recordemos Yugoeslavia- y, como en la antigüedad, proscribe sus nombres, bombardea con préstamos leoninos e inversiones fatales a las naciones a las que somete y cada dólar hace parte de un racimo de bombas financieras. Los efectos son tan devastadores como los de los cohetes y los drones. Para quien lo dude, que vea las calles repletas de miseria de las ciudades de todos los continentes.

Los campos de los países conquistados, donde se sembraba el pan coger, se convierten en desiertos por acción de la gran minería multinacional o se cultivan para beneficio de los monopolios que controlan la producción y el comercio mundiales.

Sin cadenas al cuello millones de hombres y mujeres del tercer mundo corren por desiertos interminables y navegan por mares procelosos, tratando de sortear los perros de presa. Y, los que sobreviven, al llegar, son modernos esclavos del capital por ínfimos salarios, “razas inferiores” perseguidas por su aspecto.

También sus culturas deben ser destruidas y sus historias, borradas cuidadosamente. En consecuencia, se trazan planes desde las agencias internacionales –BID, Banco Mundial- para ser puestos en ejecución por administraciones cipayas. Y no vayamos muy lejos, miremos esta Colombia atormentada:

Se hace uso de “razones pedagógicas”: que el niño no es capaz de entender en su separación las disciplinas, en este caso, la historia y la geografía, por lo cual se mezclan en el área de sociales, con consecuencias asombrosas: el conocimiento de la historia, sobre todo, de la de Colombia, y principalmente la de su lucha por la independencia nacional, ha sido arrasado. Y con ello ha partido también hacia la tierra del olvido el conocimiento de la geografía física. No sabemos de dónde venimos ni dónde estamos parados.

El Presidente de la Academia Colombiana de Historia, Enrique Gaviria, señala, en reportaje del primero de abril de 2012 de El Tiempo, que “con la eliminación de la cátedra de historia en los colegios se ha ido perdiendo la identidad, y los estudiantes no conocen su pasado” y agrega, ante la pregunta de por qué no somos un país patriótico, una frase lapidaria, “un país que no conoce su historia está condenado a repetirla”.

En la misma entrevista “Álvaro Tirado Mejía dice: ’Las sociedades que no tienen conciencia de lo que son tienen el riesgo de diluirse’; Marco Palacio califica de error ’patético y garrafal’ haber sacado del pensum de los colegios la historia y Jorge Orlando Melo dice que, inevitablemente, ’hay que conocer el pasado para entender el presente’”.

Hasta en editorial del 30 de marzo de este año ese periódico –tan apegado a las políticas de los gobiernos de Colombia y Estados Unidos- se queja como con la integración en el área de sociales en los últimos treinta años, “los colombianos no conocen su pasado y, como la estirpe de los Buendía, se sienten víctimas de un destino inevitable de violencia, corrupción, impunidad, arbitrariedad y exclusión, y discuten los problemas del país sin referencia seria a la experiencia previa”.

Pero quien mejor ha puesto al descubierto la conjura contra Colombia que hay en las decisiones de Washington celosamente aplicadas por el Ministerio de Educación, ha sido el profesor José Fernando Ocampo -cuya vida ha estado dedicada a la defensa de la soberanía nacional de Colombia, su educación y su historia-. Ha señalado la importancia estratégica de la enseñanza de la historia y la geografía en esta gravísima coyuntura en que con los Tratados de Libre Comercio se “estará definiendo la historia y la geografía –por lo menos la económica- de este país por muchos años hacia el futuro”. Y ha planteado como “ya no solamente fusiona la enseñanza de la historia y la geografía sino que coloca en el mismo paquete las ciencias naturales y las ciencias sociales. Se trata de la teoría de las competencias, hija directa del constructivismo”.

Y en verdad, como si ese aparato –el de la integración de la historia y la geografía en la difusa área de sociales- de borrar la memoria al estilo de los Hombres de Negro no fuera suficiente, como si la destrucción de las ciudades de nuestra cultura no le fuera garantía al imperialismo, le arroja sal a nuestros campos del conocimiento con los estándares y las competencias. La destrucción de Cartago por los romanos le queda chiquita.

Dado que para esa escuela –la del constructivismo- no existe verdad objetiva, todo es verdad, nada es verdad, el maestro no es maestro –apenas un incómodo y mal pagado acompañante-, vamos, como lo señala el profesor Ocampo, “al vaivén de las políticas dominantes”.

Tan alejada está la defensa de la soberanía nacional de Colombia de las intenciones del Gobierno que en los Estándares Básicos de Competencias (Documento No. 3, Ministerio de Educación Nacional, 2006., p. 119) acoge la neológica concepción de Mejía sobre la relación “glocal”, “el lugar en el cual lo global hace presencia en el mundo local” ¿Dónde queda lo nacional? En el cesto de la basura, que es lo que le conviene a los poderes extranjeros que avasallan a Colombia. Y no es un desliz en la perspectiva sino una concepción coherente que desarrolla en el cuerpo de los estándares: la soberanía nacional, la lucha secular por alcanzarla, mantenerla y reconquistarla se queda en un par de alusiones. Nada más. Así, la patria se reduce a unos símbolos despojados de contenido y a la mano en el pecho durante el himno, moda copiada servilmente de los usos de Estados Unidos.

No obstante, como dice Fito Páez, no todo está perdido. Ocampo aconseja a los colegios, en el marco de su autonomía educativa, separar la enseñanza de la historia y la geografía –semestralizándolas para no caer en el repetido absurdo de las asignaturas con una o dos horas de asignación semanales-; extenderlas hasta los grados décimo y undécimo, para no interrumpir su enseñanza cuando los jóvenes tienen más criterio e interés; tomar como punto de partida la historia nacional y su bicentenaria lucha por la soberanía nacional, para llegar a la universal; con una perspectiva científica; y hacia una comprensión del desarrollo de la sociedad humana en su conjunto.

En Educación y Cultura No. 72 el profesor Ocampo, además de analizar la catástrofe que se ha abatido sobre la enseñanza de la historia y la geografía, realiza una fabulosa propuesta de plan de estudios para las dos asignaturas, que bien pueden desarrollar los consejos académicos y directivos de las instituciones educativas.

No es tarea fácil luchar contra la integración, los estándares y las competencias, y sin embargo, imprescindible, si no queremos que se cumpla en toda su plenitud el título de este artículo: sin soberanía nacional, sin historia.

 

Eso lo escribí hace casi seis años. Durante ese período las cosas han ido de mal en peor. En 2015 el Ministerio promulgó los Derechos básicos de aprendizaje como “un conjunto de aprendizajes estructurantes que han de aprender los estudiantes en cada uno de los grados de educación escolar, desde transición hasta once, y en las áreas de lenguaje, matemáticas en su segunda versión, ciencias sociales y ciencias naturales en su primera versión”. Con ellos se aseguró aún más en la práctica la integración en las ciencias sociales, que es el aspecto más nocivo contra la enseñanza de la historia. Y ahora, como para que no quede duda alguna  del papel destructor de este gobierno santista, Mónica Ramírez, directora de calidad educativa (qué ironía) del Ministerio de Educación (nueva ironía) dice tajantemente que “no va a volver la cátedra de historia sino que se fortalecerá su enseñanza”.

Rechazamos enérgicamente la posición del gobierno y llamamos a los colombianos a defender la enseñanza de la historia como elemento imprescindible de la defensa de la soberanía nacional y del desarrollo de Colombia y sus habitantes.

 

FRANCISCO TORRES M

Miembro de Tribuna Magisterial y Ejecutivo de FECODE

 

 

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