Guillermo Guevara, Bogotá D.C., noviembre 2018.

Las ciencias naturales, también las sociales, se mueven entre los campos de la teoría y la práctica. La ciencia, recordemos, es una síntesis de teoría y práctica: sin la práctica experimental, queda reducida a la pura especulación; sin la teoría, se convierte en práctica protocientífica, en conocimiento cotidiano. La ciencia es la forma más elaborada de organización de los conocimientos que la humanidad, a lo largo de su desarrollo histórico, ha venido acumulando sobre el funcionamiento de la naturaleza y la sociedad. La ciencia no puede considerarse simplemente como otro punto de vista más. La validez de sus hipótesis y teorías no depende de la belleza que se pueda apreciar en ellas, de la fe o de la autoridad de un individuo, sino del veredicto de la práctica experimental, de su relación con los hechos: fue el experimento de Joseph John Thomson cuando descubrió el electrón, el que demostró que la creencia en la indivisibilidad del átomo, era falsa; fue el experimento bien hecho, el que definió que los neutrinos no pueden viajar más rápido que la luz; también fue con el experimento como se logró demostrar la existencia del bosón de Higgs; fue con el experimento como se encontró que los quarks eran los componentes de protones y neutrones y no «elementos de cálculo» como inicialmente lo creía Murray Gell-Mann, quien propuso su existencia; fue con el complejo experimento LIGO como se hallaron las ondas gravitacionales. Será el experimento el que defina si existen las partículas supersimétricas o los gravitones, si hay vida en otros planetas, o si la teoría de cuerdas es cierta o falsa. Con los resultados experimentales en la mano el investigador hace predicciones sobre nuevos hechos (algo de lo que carecen las seudociencias): fue así, por ejemplo, como Wolfgang Pauli pronosticó la existencia del neutrino, John Couch Adamas y Urbain J. J. Le Verrier la de Neptuno, y Dimitri Mendeléyev la de tres nuevos elementos químicos. Son todos esos avances en el conocimiento del mundo material los que soportan la compleja tecnología que mueve al mundo y hace la vida más fácil a los seres humanos.

Los maestros de biología, física y química transmiten a sus alumnos los contenidos teóricos fundamentales de esas ciencias con diversos objetivos en mente, uno de los cuales es estimular en el estudiante el desarrollo del “espíritu científico”. Es posible que alguno termine convertido en investigador de una de las ramas de las ciencias naturales. Entonces, el acercamiento a la práctica de la ciencia debe iniciarse y estimularse desde la escuela tanto a nivel de la educación primaria como de la secundaria, y en ello juegan papel fundamental las prácticas de laboratorio. Ese es uno de los criterios que define a una educación de calidad. Desafortunadamente en el país la inmensa mayoría de colegios y escuelas a cargo del Estado carecen de espacios adecuados para que los estudiantes empiecen a acercarse a la maravillosa aventura de la ciencia. Los laboratorios para las prácticas de biología, física y química han desaparecido de la faz del quehacer pedagógico de los maestros colombianos; si algo subsiste, es en aquellas instituciones donde hay programas de biotecnología. Están lejanas las épocas en que los recién inaugurados INEM se jactaban de tener envidiables dotaciones de laboratorio, así como de los ya desaparecidos Centros Auxiliares de Servicios Docentes (CASD) pensados para centralizar en ellos prácticas de laboratorio que complementaran la teoría desarrollada durante las clases de ciencias en los colegios oficiales. Subsecuente a toda esta desgracia vino la imposición del posmodernismo (y de su hijo legítimo, el constructivismo) como eje filosófico fundamental en la formación de los maestros de ciencias desde las Facultades de Educación, y el intento del MEN y Secretarías de Educación de imponer el constructivismo para arrasar con la autonomía escolar, es decir, la libertad que tienen los maestros de organizar y desarrollar el currículo y el plan de estudios para las asignaturas relacionadas con las ciencias naturales. Se pregonó a los cuatro vientos que ya no era posible la enseñanza por “verdades establecidas”, se priorizó el método sobre el contenido, se negó la existencia de las leyes de la naturaleza, se puso en duda la validez del método científico y se lanzó un ataque feroz contra la “educación tradicional” acusándola de “memorística” y “pasada de moda”. Todas estas plagas aunadas a la inadecuada financiación para la educación pública por parte de los distintos gobiernos de los últimos años, comprometidos hasta la médula con el dogma neoliberal, han llevado la calidad de la educación a un nivel más que lamentable.

Ahora resulta que desde la Secretaría de Educación de Bogotá se envía un Memorando (del 25 de octubre de 2018) a las Instituciones Educativas donde informa que la Dirección de Dotaciones Escolares “no está realizando ni tiene proyectado realizar procesos de adquisición de sustancias químicas para las prácticas de laboratorio en los colegios” pues es prioritario “prevenir riesgos que afecten la vida y la integridad de los estudiantes”; para paliar la situación informa que la mencionada Dirección “está adelantando procesos de adquisición de pantallas industriales que permiten realizar las prácticas de laboratorios de química, física y biología de forma virtual y más segura, sin necesidad de manipulación de sustancias químicas para laboratorios”. Argumento tramposo que esconde el verdadero interés de seguir afectando de manera grave la calidad de la educación en el Distrito Capital, y se convierte en un golpe de gracia a los pocos laboratorios que aún sobreviven. Ante todo, declaramos que no nos oponemos al uso pedagógico de los medios llamados virtuales, pero sí aclaramos que ellos solo deben usarse como anexos y en ningún caso reemplazar al docente o al laboratorio real. Lo ideal es que escuelas y colegios del Distrito Capital tengan sus laboratorios para las prácticas de biología, física y química debidamente dotados, así como salas de computadores, tabletas, servicio de Internet, televisores, video beam y demás medios que apoyen el aprendizaje de los conocimientos enseñados por los docentes.

Tampoco vamos a ser tan obtusos para negar que (especialmente en química) hay sustancias que en las prácticas de laboratorio pueden ser peligrosas para quien las manipule; pero con maestros capacitados y un manejo adecuado de esos reactivos es posible disminuir dichos riesgos de manera significativa. También entendemos que hay temas (como la explicación acerca del Big Bang o el origen del hombre) que son imposibles de llevar al laboratorio escolar y que en esos casos se hace imprescindible el uso de los medios virtuales. Pero en otros casos la presencia en el laboratorio real es absolutamente necesaria. Unos ejemplos: un alumno entiende mejor la herencia mendeliana de un gen, si el profesor le enseña a manipular en cultivos cruzamientos con la mosca de la fruta; se comprende la razón de ser de la fórmula de la molécula del agua si el alumno puede hacer el proceso de electrólisis; se aprende el concepto de reacción química cuando el estudiante lo hace en un tubo de ensayo; las leyes de la cinemática se entienden más fácilmente empleando diversos móviles en el laboratorio; es mucho mejor que el estudiante practique en el laboratorio la tecnología para la propagación in vitro de meristemos de diversas especies vegetales. Si a todo lo anterior el docente le agrega rigor matemático, propone al estudiante nuevos problemas, lo estimula a que plantee nuevas hipótesis, etcétera, se logra una clase de calidad y se acerca al estudiante, grosso modo, al quehacer del científico. Pero eso definitivamente no está en los planes que para la educación pública tienen Enrique Peñalosa e Iván Duque.

TRIBUNA MAGISTERIAL BOGOTÁ

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