José Fernando Ocampo T.

 Manizales, noviembre de 2012

-  Una introducción necesaria.
-  Significado de las guerras civiles de 1860 y 1876.
-  Dos décadas tormentosas, entre 1930 y 1945.
-  A mediados del siglo XX, de 1945 a 1957.
-  Dos notas históricas.
-  Tres historiadores: Liévano, Tirado y Arciniegas.
-  Bibliografía esencial

I. Una introducción necesaria
Permítanme comenzar esta nota histórica con una aclaración personal. El libro sobre Manizales titulado Dominio de clase en la ciudad colombiana fue publicado en 1972 por la editorial Oveja Negra y estaba basado en la tesis doctoral que presenté en Estados Unidos. Fue un paso intermedio de mi evolución ideológica y política. Me tocó allí de 1965 a 1969 la lucha de estudiantes y profesores contra la guerra en Vietnam que se constituyó en la primera derrota militar de la historia de Estados Unidos. Me sacó del escolasticismo jesuítico javeriano de filosofía en que me había formado y me introdujo en un marxismo muy academicista a lo Herbert Marcuse y otros autores de moda como Althusser, Sweezy, Poulantzas, Macheray, Harnecker y hasta Gramsci. Pero el movimiento estudiantil del 71, el más importante de la historia colombiana, contra la reforma universitaria impulsada por las fundaciones Ford, Rockefeller y Kellog me tocó en la Universidad de Antioquia a donde me había llevado Carlos Gaviria Díaz y en donde mis estudiantes, varios de ellos dirigentes del movimiento estudiantil, me introdujeron a una visión diferente del marxismo, el de la revolución china de Mao Tse-tung. Digamos que pasé de un escolasticismo modernizado a un marxismo intelectualista y salté de allí a un marxismo maoista muy adecuado para la interpretación de la realidad colombiana. En ese último paso encontré un personaje colombiano excepcional que me ayudó a estructurar una nueva visión de la realidad nacional y mundial, Francisco Mosquera, fundador del Moir. Ahí estoy. Ya no más vueltas. Esta evolución política me sacó de la filosofía, me pasó a la ciencia política y me quedé en la historia de Colombia. Ahí sigo.
Hoy tengo una visión personal sobre mi libro Dominio de clase. No he modificado mi punto de vista sobre la economía cafetera de entonces, el problema de la vivienda y el proceso político de la época. Pero sí sobre la historia de la colonización. Los datos pueden ser los mismos. Fue un esfuerzo interesante y novedoso. Cambió esa visión romántica y paradisíaca enraizada en la tradición manizaleña en torno a la denominada colonización antioqueña. Recogí como fuente de primera clase los trabajos de Otto Morales Benítez que me llevaron a estudiar la lucha por la tierra contra las concesiones realengas y contra las herencias coloniales a las que se enfrentaron los colonizadores antioqueños camino al sur de Marinilla, Sonsón, Rionegro, La Ceja y demás. Pero influido por los marxistas europeos hablo de burguesía en la colonización del siglo XIX y de capitalismo por doquier donde no había una sola industria.
Desde el punto de vista teórico hay modificaciones fundamentales. Una es la de la diferenciación de las clases sociales. Allí unifiqué todas las clases en burguesía y proletariado. No es así. Los terratenientes no son burgueses y los campesinos ni son proletariado ni, estrictamente, pequeña burguesía, así como los artesanos que ni son proletarios ni industriales capitalistas. Son clases aparte, clases que vienen de etapas económicas anteriores al desarrollo del capitalismo y que se mantienen en Colombia como persistencia de formas feudales de producción y organización social. Este es un punto fundamental. Otra diferencia tiene que ver con la exposición de la teoría política, no de los autores norteamericanos, cuya crítica es en general acertada, sino sobre la utilización del marxismo, cuya aplicación a la realidad colombiana y, en particular, de la sociedad manizaleña, no es acertada. Un estudio más profundo de los clásicos y de las revoluciones a las que se ha aplicado el marxismo, en especial la China, sobre la aplicación que Mao Tse-tung elabora en el proceso de la revolución, hace las condiciones de Colombia semejantes a la de ese país, lo cual hacen de su proceso y de su teoría, una fuente invaluable de estudio. Este análisis y un estudio más juicioso de las condiciones concretas de la sociedad y la historia de Colombia me ha hecho modificar la orientación general que le día a los dos primeros capítulos del libro. La lectura del libro debe tener en cuenta estas dos observaciones, la de los autores y la de las características del desarrollo económico de la colonización.
II. Significado de las guerras civiles de 1860 y 1876
La colonización antioqueña en Manizales fue conservadora. Una serie de factores se conjugaron para ello. Me parece que el más importante de todos fue la necesidad que tuvieron los te¬rratenientes de Antioquia de convertir a Manizales en una muralla de contención contra el revolucionario Tomás Cipriano de Mosquera. E, inmediata¬mente después, como consecuencia del triunfo de Mosquera, la pro¬gresiva consolidación de la separación partidista con el obliga¬torio alineamiento de la población frente a las profundas refor¬mas del Estado y de la economía. La tradición religiosa de Antio¬quia se fue haciendo más firme en Manizales debido al en¬frentamiento de la Iglesia con el Estado. No lograron las con¬frontaciones con los terratenientes herederos de la colonia que los nuevos pobladores renunciaran al Partido Conservador. Los nuevos terratenientes surgidos de la colonización parecen haber logrado neutralizar ese descontento, aprovechando el poder de la Iglesia, las contradicciones de los gobiernos radicales con ella y el sectarismo infundido por el clero en el pueblo católico de Manizales.
Si Roma no se hubiera empeñado en una posición intransigente con relación a la revolución liberal y hubiera, así, inducido al clero colombiano a obedecerla, la historia de Colombia hubiera sido muy diferente. Porque de la ley de la llamada desamortización de bienes de manos muertas—que eran las tierras que le dejaban en herencia a la Iglesia como especie de pasaporte para ir al cielo—se derivaron cuatro luchas de distinto carácter: Una, fue la lucha entre la Iglesia y el Estado por la supremacía del poder. Otra, fue el enfrentamiento entre el Partido Liberal y el Partido Con¬servador, cada uno de los cuales definió nítidamente la afi-liación de los colombianos y obligó al país a decidir su posición ideológica y política. Además, la pugna de comerciantes y te¬rratenientes por apoderarse de las tierras desamortizadas en con¬tra de la política del Estado y en contra de la corriente más avanzada que forcejeaba por adelantar una reforma agraria democrática. Y por último, la soterrada guerra de los terrate¬nientes, unidos al clero y a la Iglesia, por defender sus intere¬ses monopolistas sobre la tierra, convertida en la riqueza funda¬mental del país, origen y base entonces del poder económico y social.
Dos guerras civiles que caracterizaron el siglo XIX, en 1860 y en 1876, resultaron de este enfrentamiento de los dos partidos, signado por elementos económicos que se manifestaron en una lucha religiosa. Pero fue Manizales su centro, producto en el fondo de una lucha política, ideológica y económica que, históricamente, terminaría en la guerra de los Mil Días, de 1899 a 1902. De la guerra del 60 resultaría la ley de “desamortización de bienes de manos muertas” la reforma agraria más profunda de la historia nacional, llevada a cabo por Tomás Cipriano de Mosquera, inicio de un enfrentamiento con la Iglesia Católica que se aferraba a la defensa las tierras amortizadas a su favor. Gracias a ella pudieron los municipios recién fundados, producto de la colonización antioqueña del sur de Antioquia hacia Caldas, defender su territorio y a los pequeños y medianos colonos reclamar sus tierras contra las concesiones realengas de los Aranzazu y demás herederos de la Colonia. Durante sus dos gobiernos que siguieron a la Constitución de Rionegro de 1863, Mosquera no hizo sino echar para adelante la reforma agraria y defender los colonos caldenses, a pesar de que los acontecimientos políticos producidos por los regímenes de los “radicales” fueron desvirtuando la gran reforma agraria de la desamortización.
El acuerdo de 1860, llamado de la “Esponsión” de Manizales, firmado por Mosquera y los generales conservadores, definió el triunfo del liberalismo y el rumbo de la historia colombiana en los veinticinco años siguientes. Las medidas tomadas por Mosquera como producto de la revolución demarcaron las líneas ideológicas de los dos partidos en Colombia durante el siglo XIX. Es decir, las confu¬siones, las vacilaciones y las dudas sobre el alineamiento de los partidos quedaron completamente superadas después de la revo¬lución llevada a cabo por Mosquera en 1861 y la proclamación de la Constitución de Rionegro. Podría decirse que los partidos liberal y conservador se consolidaron como tales desde el punto de vista ideológico, programático y táctico frente a la lucha por el poder del Estado. En el momento de la independencia se dieron dos tendencias claramente definidas ante el carácter de la re¬volución contra España, la que defendía el proceso de autonomía nacional y la que propugnaba por un cambio de gobierno colonial manteniendo el dominio de la monarquía española. Fue un primer paso para la constitución de los partidos. Las profundas con¬tradicciones que produjeron el proyecto bolivariano de constitución y sus secretas pretensiones de establecer una monarquía en Colom¬bia, constituyen el segundo paso en esa demarcación política del país. Sin embargo, se debe al primer gobierno de Mosquera con el desmonte del régimen fiscal de la colonia y a las transforma¬ciones sociales de José Hilario López la conformación definitiva de los dos partidos. Pero su consolidación como dos organiza¬ciones programáticas, ideológicas y tácticas que llevaran al país a escoger entre las dos posiciones antagónicas, sólo se viene a dar con el triunfo de Mosquera en 1860.
Por otra parte, la llamada capitulación de San Antonio en Manizales, diecisiete años después, le dio, a pesar de su derrota militar a manos del general mosquerista Julián Trujillo y de inmediato Presidente del país, un triunfo político al conservatismo. Allí se definió el comienzo de la Regeneración. Después de la independencia, ningún aconte¬cimiento tan trascendental para la historia del país como el pro¬ceso de la Regeneración que determinó el curso político de los últimos cien años. En mi libro Colombia siglo XX he hecho un análisis extenso sobre el carácter y consecuencias de la Rege¬neración para la historia nacional. Podría resumirse en la si¬guiente forma. La Regeneración condujo a la frustración de la revolución democrático-burguesa que se había iniciado con la re¬volución de los Comuneros, había continuado con el triunfo de la revolución emancipadora, había logrado un avance gigantesco con las transformaciones llevadas a cabo por el primer gobierno de Mosquera y por el de López, había estado a punto de consolidarse con la reforma agraria iniciada por Mosquera en su segundo go¬bierno y se había ido empantanando después de 1874 hasta su de¬rrota final en la guerra civil de 1885. La Regeneración desde el punto de vista económico y político significa la derrota de esa revolución democrático-burguesa. Y desde el punto de vista de los partidos, significó al final de la guerra de los Mil Días la li¬quidación del Partido Liberal del siglo XIX. Inicia, entonces, un proceso de transformación de los dos partidos que va a culminar con el Frente Nacional de la segunda mitad del siglo XX.
El régimen de los “radicales” por veinte años, iniciado en 1863 hasta el final del primer gobierno de Rafael Núñez, agudizó el enfrentamiento político entre los dos partidos que desembocaría en la guerra de 1876. Una lucha ideológica de grandes proporciones alrededor del control sobre el sistema educativo; un enfrentamiento entre la Iglesia y el Estado sobre la supremacía de los poderes; una rebelión de la Iglesia para recuperar sus privilegios económicos de la Colonia; un conflicto político sobre la soberanía de los Estados ante la amenaza de An¬tioquia y Tolima por invadir al Cauca; una confrontación por el poder del Estado ante las nuevas elecciones para Presidente; y un apoyo total del Partido Conservador a la ideología, la política y los privilegios económicos de la Iglesia; una profunda división del Partido Liberal entre radicales, mosqueristas e indepen¬dientes; y un intento separatista de la Provincia de Pasto para incorporarse al Ecuador católico y religioso de García Moreno. Así estalló la guerra de 1876.
Las medidas tomadas en la Convención de Rionegro en aplicación de la desamortización a favor de los colonos pobres de Neira, Manizales, Villa María y Santa Rosa de Cabal, no lograron romper la hegemonía conservadora en esta región. Tampoco lo logró el gobierno liberal de Pascual Bravo en el Estado de Antioquia después de la Convención de Rionegro. El estado de Antioquia siguió siendo un baluarte conservador durante casi todo el tiempo del radicalismo. Paradójicamente cuando la fiebre nuñista desbarató la hegemonía liberal en 1880 y en 1884 el Estado de Antioquia votó con los radicales en contra de la coalición conservadora-nuñista y, más adelante, surgió una disidencia conservadora, la de los históricos, que contribuiría a un intento de rebelión contra la Regeneración. Es muy posible que el desarrollo de la economía cafetera hubiera comenzado a tener sus efectos políticos, como los tuvo indudablemente durante la Regeneración, debido a las medidas impositivas del gobierno de Caro contra los cafeteros, liderados por Rafael Uribe Uribe. Esa transformación, de todas maneras, no tocaría de lleno a lo que en el tiempo de la colonización comprendía la Provincia de Córdova. Tendría que esperar el liberalismo el arribo de la dé¬cada del treinta, en condiciones ya completamente diferentes, para ver el crecimiento de su votación en Manizales con la aparición de un personaje emblemático del liberalismo regional, Federico Mejía.
Manizales se había convertido diez años después de su fun¬dación en la vía de comunicación del Cauca y de Antioquia con la capital del país. Pero la guerra de 1860 había transformado ese poblado de escasas diez mil almas en el último baluarte del Estado de Antioquia frente el Estado del Cauca y, en consecuencia, en un sitio estratégico de las fuerzas conservadoras antioqueñas para las dos guerras civiles. Manizales se constituyó en el punto de demarcación de las dos fuerzas partidaria más claramente caracterizadas del país durante el período que va de 1857 a 1874. Antioquia como bastión del Partido Conservador. Cauca como for¬taleza del Partido Liberal. Contradictoriamente, la guerra del 76 modificó este alineamiento. El Cauca terció hacia el movimiento regenerador y Antioquia se enfrentó al nuñismo. Llegaría la Regeneración como consecuencia de un acuerdo entre el presidente mosquerista Trujillo y Núñez. El llamado Presidente de El Cabrero, abandonaría el Partido Liberal, formaría su fuerza política independiente y formaría la alianza con el conservatismo más radical de Miguel Antonio Caro. Y así desembocaríamos en la Guerra de los Mil Días y en la pérdida de Panamá. Capítulo de otra historia.
III. Dos décadas tormentosas, entre 1930 y 1945
El régimen conservador se había iniciado en el gobierno de Rafael Núñez de 1884, se había fortalecido con la dictadura de Miguel Antonio Caro, había afrontado el embate de la guerra de los Mil Días y se había prolongado hasta la crisis económica mundial del 29 y 30 del siglo pasado. No recuerdo sino un solo ministro manizaleño o caldense en los gobiernos de la hegemonía conservadora, Aquilino Villegas, nombrado en Obras Públicas por Pedro Nel Ospina en 1922, seguido en esa cartera por Laureano Gómez. No me imagino a Aquilino Villegas en el gobierno de un modernizador como Ospina que pondría a trabajar en obras públicas los dólares de la indemnización de Panamá, convencido como estaba de que las máquinas industriales constituían una fuente de pobreza y de hambre entre los trabajadores. Como él mismo decía en su folleto La moneda ladrona de 1933: “es mil veces preferible nuestra pobreza y nuestra ignorancia, nuestra pequeña industria y nuestro artesanado colonial, laborioso y libre, que siquiera asegura el pan de cada día para todos.”
Aunque el presidente Pedro Nel venía de la tradición denominada “histórica” antioqueña del Partido Conservador, opuesta a la línea “nacional” de Caro, con el nombramiento de Laureano incorporó a su gobierno ambas líneas. Un primer rompimiento ocurriría en la primera etapa del gobierno de Olaya Herrera, con el que colaboraría el Partido Conservador. La línea opuesta a Laureano, la de los históricos del siglo anterior, había aceptado colaborar con el gobierno de Olaya Herrera que había roto la hegemonía conservadora desde la última década del siglo XIX. Otro caldense entró al gabinete como Ministro de Agricultura, Sinforoso Ocampo—mi abuelo—al que le tocó inaugurar esa cartera de Agricultura. Laureano regresaba de su embajada en Alemania deslumbrado con el ascenso vertiginoso de Adolfo Hitler. No duró mucho la colaboración conservadora con el primer gobierno liberal desde el segundo gobierno de Núñez. Laureano rompió con el gobierno y obligó a los conservadores a abandonar la colaboración con Olaya, después de un feroz debate contra los colaboracionistas, a quienes denominó “romanistas” por el jefe conservador Román Gómez, presagio de la nueva división del Partido Conservador entre laureanistas y ospinistas que vendría de inmediato.
En 1930 irrumpió la crisis económica mundial y esa fecha adquirió un significado histórico de grandes proporciones. En el mundo, la crisis económica todavía la más profunda del sistema capitalista hasta hoy. En Colombia, la caída del régimen conservador de cuarenta años y el ascenso del Partido Liberal al gobierno. En Alemania, el surgimiento de Adolfo Hitler que ganaría las elecciones para Canciller en 1932. El ascenso vertiginoso de Hitler determinaría la orientación fascista que Gómez le daría al Partido Conservador hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 y que influiría en el conservatismo manizaleño de esos quince años. La mayoría de la prensa conservadora se alinearía con el fascismo alemán e italiano y apoyaría la lucha del franquismo en la guerra civil española. Allí colaborarían con asiduidad los caldenses de proyección nacional Silvio Villegas, Gilberto Alzate Avendaño y Fernando Londoño y Londoño. Alzate hizo aprobar en la Convención Conservadora de 1937 una proposición de apoyo a los nacionalistas españoles de Franco: “El partido conservador de Colombia hace constar su solidaridad moral con los nacionalistas españoles, cuya gesta descomunal defiende los colores perennes de la civilización occidental cristiana contra la invasión vertical de los bárbaros.” (El porvenir del pasado, pag. 156).
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939 se agudizaron las contradicciones políticas en el país y se clarificaron aún más las posiciones a favor y en contra del fascismo. Alzate Avendaño, que había propuesto la candidatura presidencial de Mariano Ospina Pérez en 1937, cuya posición siempre fue pro estadounidense, se alineó sin ambages con el fascismo de Mussolini y defendió a uno de los espías nazis en Colombia más connotados, Heriberto Schwartau. Su movimiento se llamó Acción Nacionalista Popular, de extrema derecha, bajo la imagen de un Simón Bolívar derechista, el de la dictadura de sus último años. Él y Gómez organizaron brigadas de jóvenes, como las de Hitler y Mussolini, signadas por el nombre de camisas negras. El gobierno de Eduardo Santos—1938-1942—rompió relaciones con Alemania en el momento en que Estados Unidos decidió entrar en la guerra con los Aliados, a raíz del ataque japonés a Pearl Harbor. Por eso, el gobierno de Santos persiguió a Alzate Avendaño para encerrarlo en el campo de concentración de los alemanes que se instaló cerca de Fusagasugá, acusándolo de fascista por su compromiso con la defensa del nazi Schwartau. Silvio Villegas y Fernando Londoño y Londoño defendieron a Alzate en el Congreso y adoptaron en los debates parlamentarios una posición antiestadounidense que se consideró abiertamente pro fascista. El estallido de la guerra obligó a los conservadores a tomar partido, los laureanistas a favor de la línea nazi-fascista y los ospinistas a favor de los Aliados. Laureano alineó El Siglo bajo su dirección con el Eje fascista. Todos sus columnistas defendían a Hitler, Mussolini y Franco, los dos primeros por el Eje y el tercero por el gobierno fascista triunfante en la guerra civil española de 1936. En el hundimiento de una fragata colombiana cerca de San Andrés y Providencia por submarinos alemanes tanto El Siglo como La Patria siempre ignoraron la amenaza y atacaron el gobierno liberal por una que considerar susceptibilidad exagerada.
Sobre Hitler, Laureano Gómez adoptó posiciones contradictorias, unas veces de crítica como en su libro El Cuadrilátero de 1935, otras a favor, como en muchos de sus debates de la época. Pero una vez Alemania avanzó triunfante sobre Polonia, Checoeslovaquia y la Unión Soviética, no dudó en tomar partido a su favor. En una entrevista publicada en La Patria le afirma a Silvio Villegas que si Hitler gana la guerra—como lo estaba haciendo en ese momento—pasaría a la historia como una de sus grandes figuras. La prensa conservadora se hacía eco de su jefe político, no importa sus divergencias tácticas del momento. Villegas escribió un famoso artículo titulado El advenimiento del fascismo, en el que ya señalaba refiriéndose al papel del Partido Conservador: “Una organización táctica, de ascendencia fascista, con jefes arrojados y valientes nos llevaría rápidamente al poder, con heroicos sacrificios.” (El porvenir del pasado, pag. 180). No es extraño, entonces, que el embajador de Estados Unidos, Spruille Braden, en Bogotá, diez meses antes del rompimiento de relaciones de Colombia con Alemania escribiera a su gobierno: “Hace unos pocos años Gómez se oponía furiosamente a Hitler, lo denunciaba en el Senado y escribía libros en su contra, pero cuando el año pasado llegaron las victorias alemanas se volvió totalitario y nazi. Ahora que su bolsillo está siendo amenazado y que Hitler no parece haber avanzado tal lejos en el frente, Laureano Gómez se voltea una vez más.” Posiblemente el embajador estadounidense no conocía el discurso de Laureano contra la política, la cultura y la economía de su país, profundamente antinorteamericano, pronunciado en el Senado el 20 de agosto de 1940, cuando todavía no se habían roto las relaciones con Alemania e Italia.
La prensa conservadora, enfrentada a los gobiernos liberales bajo la dirección de Laureano, sufría por la escasez de papel debido a los avatares de la guerra que se iba volviendo ya mundial. El director de El Siglo, agobiado por la falta de papel, acudió a la embajada estadounidense el 26 de marzo de 1941 en busca de auxilio para poder importarlo. En dos largos informes del embajador de Estados Unidos a su gobierno advierte que Laureano le hace la promesa de no seguir defendiendo al Eje ni atacando a los estadounidenses. No convencido con las promesas de Laureano, el embajador le deja clara la posición a su gobierno: “El Siglo y el doctor Gómez en persona han adoptado una política decididamente antinorteamericana y pro nazi” (Bushnell, p. 174). Laureano, por su parte, le replica al embajador que organizará una oposición contra la candidatura de López Pumarejo a la reelección y que acudirá hasta la guerra civil en caso de que se intente la reelección de López. Notificado por el embajador que Estados Unidos no colaborará en su intento de guerra, Laureano termina la entrevista con una notificación: “Entonces tendremos que buscar ayuda en cualquier otra parte.” (Íbid., p. 184) El embajador logró que su país le suspendiera la venta de papel a El Siglo y puso todo su personal en la Embajada a seguir las actividades de la prensa conservadora. Fue Augusto Ramírez Moreno—casado con manizaleña, mi tía Mariela—quien alertó a los estadounidenses sobre los propósitos de Laureano Gómez de un golpe de Estado contra el gobierno de López Pumarejo en 1943 (Galvis y Donadio, p. 301).
Era la división del Partido Conservador, transitoriamente interrumpida para las elecciones de 1946 contra un Partido Liberal escindido entre Turbay y Gaitán, pero que reviviría en forma aguda hasta conducir el ospinismo a liderar el golpe de Estado contra Laureano a favor de Rojas Pinilla. Pero era también la tentativa permanente de Gómez contra el gobierno liberal, la cual desembocaría en el frustrado golpe de Estado y en la renuncia de López Pumarejo en 1945, un año antes de cumplirse su período presidencial. Toda la prensa conservadora se uniría en contra del gobierno de López. Episodios de todo tipo serían aprovechados en la prensa de oposición, tendientes a debilitar el Gobierno e intentar su derrocamiento. Ahí está en la historia el asesinato del boxeador Mamatoco, del que se acusaría al gobierno, así como los negociados del hijo del Presidente, Alfonso López Michelsen, que sólo se borrarían en la política del Frente Nacional y su arribo a la presidencia en 1974. Se olvida en la historia de Colombia que Gómez había jurado el derrocamiento de López, así como el alineamiento de su política con el fascismo en plena guerra mundial, opuesto a la política de los gobiernos liberales de apoyo a Estados Unidos y a los Aliados. En el gobierno de López también figuró un caldense, Arcesio Londoño Palacio, como ministro de Trabajo, casado con manizaleña—mi tía Ligia—quien a pesar de la división del Departamento de Caldas siguió siempre vinculado a esta ciudad. Le tocaría manejar el apoyo del sindicalismo incipiente organizado en la CTC al gobierno de López Pumarejo y la vinculación de los sindicatos comunistas a esa central.
La historia del fascismo en Colombia se ha querido olvidar y no se toca para nada el apoyo abierto tanto a los alemanes como a los franquistas españoles aun en medio de sus contradicciones con la jefatura conservadora de Laureano Gómez. Sólo menciono tres manizaleños decididamente partidarios del fascismo, Silvio Villegas, Alzate Avendaño y Fernando Londoño y Londoño. No hay nada escrito en la historia de Colombia tan de extrema derecha como el famoso folleto de Silvio Villegas titulado “No hay enemigos a la derecha”. Por el lado contrario, de la línea ospinista, alineados con Estados Unidos contra el Eje fascista, mi abuelo Sinforoso Ocampo y Augusto Ramírez Moreno, padre de Augusto y Jorge—mis primos—más adelante ministros en los gobiernos de Belisario y López Michelsen. Augusto padre, adversario enconado de Laureano, miembro de Los Leopardos, un movimiento mezcla de todo, desde Villegas con las fascistas internacionales hasta Ramírez Moreno con Churchill. Con el gobierno liberal de López Pumarejo, mi otro pariente Arcesio Londoño Palacio, un liberal decidido pero poco sectario, casado con una conservadora. Y, finalmente, otro conservador, Antonio Álvarez Restrepo, para nada radical en su alineamiento, lo cual le permite llegar a ser un conciliador en la crisis de la caída de Rojas Pinilla.
Aquí es necesario traer una nota metodológica. Aprendí a juzgar la trayectoria de los personajes en la historia, en un escrito de Mao Tse-tung, sobre un porcentaje de 100% dividido entre los aspectos positivos y negativos. Y así lo aplico a la historia de Colombia. Por ejemplo, de los cinco gobiernos conservadores de la primera mitad del siglo XX, Reyes, Concha, Suárez, Ospina y Abadía, ninguno tiene puntaje positivo. Reyes, porque firmó un tratado de entrega de Panamá a Estados Unidos. Concha, porque se la entregó a la potencia del Norte. Suárez porque les vendió a los gringos el petróleo a menosprecio. Abadía por la matanza de las bananeras. Y Ospina que podía estar 50% positivo y otro tanto negativo, por la modernización de la infraestructura. De los tres gobiernos liberales el único con puntaje positivo es Eduardo Santos por haber alineado el país con los Aliados en la Segunda Guerra Mundial contra el fascismo italo-germano-japonés. A Laureano Gómez sólo le reconocería el acuerdo con Alberto Lleras Camargo con el propósito de terminar el enfrentamiento liberal conservador que llevaría al Frente Nacional, para una calificación de sólo un diez por ciento positivo. Y a los políticos manizaleños comprometidos con el fascismo, una calificación altamente negativa, de 70 puntos negativos para arriba. Alzate Avendaño colaboró en el derrocamiento de Laureano, para un 10% positivo. Fernando Londoño y Londoño, le reconozco el Ministerio de Gobierno de Lleras Camargo a la caída de López Pumarejo y la Alcaldía de Manizales en el centenario de su fundación, para un 20% positivo. Y así seguiríamos con cada uno de los gobernantes y políticos.
IV. A mediados del siglo XX, 1945-1957
Sobre este período escribí un ensayo en 1986 para una colección de historia de Colombia que no tuvo mucha vida y quedó incorporado al libro que publicó la Imprenta Departamental de Caldas Ensayos sobre historia de Colombia. Allí caracterizaba esta etapa en la siguiente forma:
Desde el primer gobierno de Alberto Lleras Camargo (1946) hasta el golpe militar de Rojas Pinilla contra Laureano Gómez (1953) y su derrocamiento en 1957, se definiría una de las etapas más convulsionadas de la historia colombiana del siglo XX. El momento más álgido de la «violencia», el único golpe militar del presente siglo, los primeros «planes de desarrollo» auspiciados por agencias internacionales, los gérme-nes del movimiento guerrillero contemporáneo, la abstención electoral del Partido Liberal en dos elecciones consecutivas, el intento de una reforma constitucional de carácter corporativista y cuatro intentos de gobiernos compartidos por los dos parti-dos tradicionales, son hechos históricos particulares que caracterizan a Colombia al doblar el siglo XX y definen con asombrosa determinación el proceso seguido por el país durante la segunda mitad de esta centuria.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial en 1945 se opera un cambio en la situación mun-dial. Ya no son Inglaterra, Francia o Alemania las potencias que deciden la política interna-cional. El que gana la guerra es Estados Unidos que venía avanzando como potencia mun-dial desde la última década del siglo diecinueve y es el país que va a definir el curso de la situación, a pesar de que la Unión Soviética constituye lo que se llamará la “cortina de hie-rro” en un abierto desafío a la hegemonía estadounidense. Serán más de cuarenta años de confrontación entre las dos superpotencias. Para entender este período histórico conviene tener en cuenta la llamada teoría de los Tres Mundos que desarrollaría para su momento el líder de la Revolución China, Mao Tse-tung. Un primer mundo de las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética. Un segundo mundo de los países europeos que se re-ponen rápidamente de la guerra con el famoso Plan Marshall. Y el tercer mundo de los paí-ses subdesarrollados, en cierta forma, sometidos o política o económicamente por las dos grandes superpotencias. Entre estos últimos queda Colombia y, por supuesto, toda América Latina. Estados Unidos utiliza su poder económico con exportación de capital y de mercan-cías para solidificar un imperio en un momento histórico en que la dominación directa colo-nial va desapareciendo a pasos agigantados y preservar el control de lo que se ha llamado su “patio trasero” en Latinoamérica. Es el capital financiero lo que reemplaza los ejércitos coloniales y les da el triunfo a los norteamericanos en la lucha por la hegemonía con las an-tiguas potencias coloniales de Inglaterra, Francia y Alemania.
Colombia no solamente se alinea con Estados Unidos en la política mundial, sino que abre su economía a las condiciones de la expansión estadounidense. La potencia norteamericana utiliza dos instrumentos de dominación indirecta a la que Colombia se somete, los denomi-nados “planes de desarrollo” y el endeudamiento externo dirigido por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, controlados y dirigidos por la potencia del Norte. El que inicia este proceso dirigido en forma sistemática a la exportación de capital y a la adecua-ción de la economía colombiana a la importación sistemática de ese capital es el llamado Plan Currie de 1951, cuyo nombre se toma del director del programa de nacionalidad cana-diense y más adelante con ciudadanía colombiana de adopción. Le sigue en importancia histórica el plan de las Cuatro Estrategias del gobierno de Misael Pastrana Borrero en 1970, el cuarto gobierno del Frente Nacional, signado por la acusación del robo de las elecciones presidenciales a Rojas Pinilla. De allí nace el M-19 que se levanta en armas para defender la elección de Rojas Pinilla y vengar el robo electoral.
El gobierno de Laureano Gómez se embarcaba en una Asamblea Constituyente signada por las ideas corporativistas de tendencia fascista cuyos principios esenciales se inspiraban en la obra del jesuita Félix Restrepo, entonces presidente de la Academia Colombiana de la Len-gua. No tuvo éxito debido a los avatares del gobierno militar de Rojas que se apoderó de ella y trató de utilizarla para mantenerse en el gobierno. El Partido Liberal no había partici-pado en las elecciones presidenciales y se iniciaba contra sus dirigentes una persecución sin contemplaciones desde el gobierno laureanista. Se había abierto un enfrentamiento entre los dos partidos tradicionales, que pasaría a la historia del país como el período de la violencia liberal conservadora. Acababa de caer asesinado el 9 de abril de 1948, en pleno el centro de Bogotá, Jorge Eliécer Gaitán. Las masas enfurecidas se organizaron espontáneamente y buscaron por toda la ciudad a Laureano Gómez a quien culpaban del crimen. Después enfi-laron su ataque contra el Palacio de Nariño acusando al Presidente Ospina Pérez de haberlo mandado asesinar. No se hizo esperar la respuesta del gobierno sindicando al “comunismo internacional” de un acto de alta provocación destinado a desatar la insurrección y tomarse el poder. El veredicto de las masas quedó inconcluso porque fracasaron en su búsqueda y porque no tuvieron ni la organización ni la dirección suficientes para lograr su cometido. El gobierno, por su parte, rompió relaciones con la Unión Soviética, expulsó a sus diplomáti-cos, ilegalizó el Partido Comunista y tejió toda clase de fábulas para implicar al estudiante Fidel Castro que, por ese entonces, no pertenecía a ningún partido revolucionario pero que recorría América Latina en una campaña antiimperialista contra la dominación norteameri-cana sobre el continente. Ese día a los dos de la tarde se iba a reunir con Gaitán para invitar-lo a ser el orador principal de la asamblea estudiantil latinoamericana o llamada Conferencia Anti Norteamericana .
En el momento de su muerte, Gaitán era el jefe indiscutido del Partido Liberal. Había llega-do a esa jefatura, parte por la claudicación de los demás dirigentes liberales, parte por la ex-traordinaria ascendencia que habla adquirido sobre el pueblo. Derrotada electoralmente su candidatura presidencial en 1946, convirtió en victoria política dentro de su partido la vota-ción minoritaria que había logrado después de que los demás connotados representantes de la cúpula liberal hicieron mutis por el foro ante la pérdida del poder. Profundas contradic-ciones de concepción política, de programa ideológico, de estilo partidario se habían desa-rrollado entre Gaitán y cada uno de los componentes de la exclusiva torre dirigente liberal. Principalmente con Lleras Restrepo, con quien había sostenido una agria polémica en la década del treinta sobre la política agraria, y con López Pumarejo quien lo había destituido fulminantemente de la Alcaldía de Bogotá, temeroso como estaba el Presidente de perder su predominio en el liberalismo bogotano ante las masas populares y a cuya reelección se había opuesto radicalmente, sus diferencias se habían hecho cada vez más irreconciliables. Mi primera memoria de Gaitán la tengo de mi infancia, cuando llegó a Manizales a apoyar la huelga de los choferes que se habían tirado cuando largos eran al frente del entonces Cole-gio de Cristo en la plaza de Los Fundadores y el discurso lo trasmitían por una emisora de la ciudad. No puedo olvidar que mi madre, laureanista furibunda, me prohibió volver a escu-char a Gaitán. Quien dirigía las huestes gaitanistas en Manizales era Federico Mejía, el mismo que había abierto la ciudad al liberalismo, en donde los votos liberales se contaban en los dedos de la mano, herencia, por supuesto, de las guerras del siglo XIX. Con él se unió el camarada Montoya ese 9 de abril, un zapatero que colocaba una especie de púlpito en plena plaza de Bolívar a la salida de la misa de 12 a arengar a los transeúntes contra el gobierno de turno. Sólo volví a escuchar a Gaitán en grabación magnetofónica y a leerlo con pasión, especialmente sus discursos sobre la matanza de las bananeras y en defensa de los campesinos contra los terratenientes del Chocho y Sumapaz en Fusagasugá. Por eso soy gaitanista histórico.
Aquí es necesario tener en cuenta varios hechos históricos relacionados con Manizales. El secretario privado del Presidente Ospina Pérez en los acontecimientos del 9 de abril era el manizaleño Hernán Jaramillo Ocampo—marido de mi tía Rosa—nombrado después del retiro de los liberales del gobierno, al que se habían incorporado en la grave crisis de aque-llos acontecimientos, como ministro de Hacienda. De inmediato Jaramillo tomó la extraor-dinaria decisión de romper el Tratado de Libre Comercio, el primero en la historia de Co-lombia, con Estados Unidos. Olaya Herrera se lo había prometido al gobierno estadouniden-se, siendo embajador del gobierno conservador de Pedro Nel Ospina y de Abadía Méndez, pero la crisis económica mundial, le impidió cumplirle a los gringos. No solamente eso. Tu-vo que declarar la moratoria de la deuda externa con la asombrosa suma, para aquella época, de doscientos y pico de millones de dólares, por supuesto no comparable con la actual de setenta y seis mil millones dólares, esa sí aterradora. Los “tenedores” de los bonos de la deuda, como era de suponerse, le exigieron a su propio gobierno la intervención militar para recuperar su dinero. De la invasión estadounidense sólo nos salvó la crisis económica por la que atravesaba el país del Norte. Pero el tratado lo firmó López Pumarejo en 1935. Lo firmó para salvar unos dólares del precio del café, en aquel momento el único producto de impor-tancia que Colombia exportaba y en el que el departamento de Caldas se había constituido en el primero o segundo productor. El país le entregó en el tratado todo el comercio a Esta-dos Unidos. Se puso en peligro la pequeña industria nacional, principalmente antioqueña, pero también la fábrica de hilados y tejidos de Manizales, entonces a la par de Coltejer y Fabricato. Lo que salvó el país del desastre fue la guerra mundial, porque Estados Unidos se vio obligado a invertir todos sus esfuerzos en la guerra del Pacífico y de Europa. Terminada la guerra, el país del Norte, convertido en la potencia hegemónica del mundo, de inmediato puso en ejecución el tratado y apercolló la débil economía nacional. Fue lo que comprendió Jaramillo Ocampo y actuó de inmediato para suspender el tratado, sin contemplaciones. Considero más grave la situación en este momento histórico con el TLC que acaba de entrar en vigencia, con el que Estados Unidos se propone resarcirse de su profunda crisis econó-mica y de la competencia comercial desafiante de China, exprimiendo a fondo nuestra eco-nomía subdesarrollada.
En la década de 1948 a 1957 Colombia vivió una etapa histórica de sobresaltos y convulsio-nes. Fue la primera etapa de la violencia liberal-conservadora; el gobierno dictatorial de Laureano Gómez; la persecución al Partido Liberal con sus jefes asilados en el extranjero; el acuerdo de liberales y conservadores para derrocar el gobierno de Gómez; la dictadura mili-tar de Rojas Pinilla; la injerencia sin medida de los organismos internacionales de crédito en la dirección de la economía nacional. Culminó con el Plebiscito de 1957, el gobierno de transición de la Junta Militar y el comienzo del Frente Nacional. Caldas no fue ajeno al ré-gimen laureanista, a los gobiernos militares, a la violencia liberal conservadora. Alzate Avendaño participó en la Asamblea Constituyente de Laureano, pero hizo parte del golpe Estado contra su gobierno y se convirtió en defensor del gobierno de Rojas Pinilla del que se convirtió en vocero, sobre todo desde su periódico el Diario de Colombia. De los jefes conservadores fue el único que se mantuvo con Rojas hasta el final.
V. Dos notas históricas
Tres personajes vinculados a Manizales jugaron un papel prominente en la caída de Rojas Pinilla y en el inicio del Frente Nacional: Antonio Álvarez Restrepo, Hernán Jaramillo Ocampo y Augusto Ramírez Moreno. Ya he mencionado a Hernán y a Augusto, pero no a Antonio. Los tres apoyaron el golpe de Estado de Rojas. Coincidían con el jefe del Partido Conservador, Mariano Ospina Pérez, en el desastre a que estaba conduciendo el país la pre-sidencia de Gómez; los tres colaboraron en el gobierno de Rojas hasta que consideraron su transformación en un gobierno dictatorial que pretendía prolongarse indefinidamente. Álva-rez sería ministro de Educación de Rojas, Ramírez Moreno embajador en París y Jaramillo miembro de la Asamblea Constituyente. Pero también se pusieron a la cabeza del movi-miento contra él, cuando inició el viraje hacia su movimiento personalista. Los tres partici-paron en todo el proceso de conformación del Frente Nacional. Álvarez Restrepo sería mi-nistro de la Junta Militar de 1957 y Ramírez Moreno ministro de Gobierno de Lleras Ca-margo, el primero del Frente Nacional. Después Álvarez Restrepo y Jaramillo Ocampo co-laborarían en el gobierno de Lleras Restrepo. El acuerdo del Frente Nacional había surgido del llamado Pacto de Sitges entre Lleras Camargo y Laureano Gómez, se había perfecciona-do en negociaciones complejas entre el Partido Liberal unido y las dos facciones del Partido Conservador, el de Gómez y el de Ospina. Gómez no olvidaba que su copartidario había sido un factor clave en el golpe militar de Rojas Pinilla contra él. Inicialmente el acuerdo no incluía sino la repartición paritaria de la burocracia a todos los niveles, desde los Ministerios hasta las Alcaldías. Cuando ninguna de las dos facciones del Partido Conservador se puso de acuerdo sobre el candidato para el primer período de la Presidencia surgió como única alternativa la candidatura de Alberto Lleras Camargo como artífice del convenio bipartidis-ta. Solamente fue posible lograrlo sobre la base de adicionar a la llamada paridad de la bu-rocracia, lo que se llamó la alternación, es decir, el turno de la presidencia entre las dos co-lectividades políticas por dieciséis años. No hubo sino una disidencia en torno a la alterna-ción, la de Alfonso López Michelsen, de la que surgió el MRL, Movimiento Revolucionario Liberal, que sólo duraría el período de la alternación, pero se integraría al Frente Nacional de repartición burocrática al final del período pactado. López Michelsen, entonces, sería el presidente de 1974 a 1978.
La hegemonía liberal conservadora del Frente Nacional fue justificada por sus autores como un pacto de conciliación entre las dos fuerzas partidarias tradicionales de la historia colom-biana, pero también como un antídoto para detener la violencia desatada después del 9 de abril con el asesinato de Gaitán, declarada primero por los partidarios del líder sacrificado y después transformada en bandolerismo. Caldas sufrió por todo el departamento la violencia desatada. Pero surge otra historia, porque después de enero de 1959, a raíz del triunfo de la Revolución Cubana y de la ruptura de China maoísta con la Unión Soviética de Kruschev, surgirían diferentes movimientos guerrilleros en el país, como el MOEC, el ELN, el EPL y el último de los cuales sería el M19 originado en la decisión de Rojas Pinilla de no rebelarse contra el robo de las elecciones de 1970 por el gobierno de Lleras Restrepo a favor de la candidatura de Misael Pastrana Borrero. Contra la reforma económica de Lleras Restrepo se organizó el Movimiento Obrero, Independiente y Revolucionario, MOIR, como una fuerza de sindicatos independientes opuestos a las centrales UTC y CTC que no se habían enfren-tado a la reforma económica del gobierno. Y su primera acción fue el llamado Paro Nacio-nal Patriótico de 1970 contra las medidas de la reforma. Pero esta es otra historia.
El MOIR dejó de ser una organización gremial y se convirtió en un movimiento político. En 1971 estalló el movimiento estudiantil más importante del último siglo en Colombia contra el control de la reforma universitaria por las fundaciones estadounidenses. Todas las univer-sidades del país se vincularon, cada una a su manera. En la Universidad de los Andes, donde era fuerte la organización juvenil del MOIR, la Juventud Patriótica, se vinculó Jorge Enri-que Robledo que, entonces, estudiaba arquitectura. Graduado como arquitecto, Robledo desplegó su actividad política en las poblaciones de la Sabana de Bogotá. Pero la política de expansión de su organización política exigía que se cubriera el país. Robledo se trasladó a Manizales, en donde fue nombrado profesor en la facultad de Arquitectura de la Universi-dad Nacional. Allí inició su trabajo de formación del movimiento político en el Departa-mento de Caldas. Rápidamente fue adquiriendo auge su prestigio hasta tomar forma una candidatura a la gobernación a nombre del MOIR, con la cual llegó a alcanzar más de cin-cuenta mil votos. Vio, entonces, la posibilidad de lanzar su candidatura al Senado de la Re-pública. Sólo llegó en la segunda oportunidad con más de cuarenta mil votos en todo el país. En su tercer período, ya a nombre del Polo Democrático Alternativo, sobrepasó los ciento veinte mil votos, una de las más importantes votaciones al Senado en esas elecciones. Mani-zales y Caldas habían sido la base de su carrera política al Senado con la votación obtenida a la gobernación. Era la primera vez en la historia que era elegido un senador de izquierda cuya fuerza política se había originado en Manizales y Caldas. Robledo es hoy el senador de la conciencia política de la oposición al gobierno de Santos, en una denuncia permanente de esa política contra los obreros, los campesinos, los estudiantes, los pequeños empresarios, del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, el más grave de la historia contemporá-nea del país. Es una amenaza contra la producción nacional proveniente de las garantías desmedidas entregadas al capital extranjero norteamericano. Hoy Robledo es considerado en el país como un senador estrella.
VI. A propósito de tres historiadores: Liévano, Tirado y Arciniegas
Los amigos que me han invitado a esta sesión, me han solicitado que adicione unas notas sobre algunos historiadores colombianos. Con mucho gusto. En historia de Colombia sos-tengo un debate con casi todos los representantes de la llamada “nueva historia”. Entre ellos considero dos autores de gran influencia en la educación universitaria, Indalecio Liévano Aguirre y Álvaro Tirado Mejía. Liévano abre el camino de la “nueva historia” y Tirado Me-jía lo consolida. Me quiero referir a Liévano sobre la historia del siglo XIX, especialmente a su visión sobre Tomás Cipriano de Mosquera y Rafael Núñez. Los juicios sobre los perso-najes históricos están determinados por hechos contundentes que definen su proceder y su obra. No se juzga a Núñez ni por la letra del himno nacional ni por su matrimonio con Sole-dad Román. Y para referirme a una serie de televisión, no se juzga a Jorge Tadeo Lozano por sus imaginarios amoríos con la esposa de Nariño. Ni tampoco a Bolívar por sus amoríos a lo largo de sus legendarias correrías de sur a norte y de norte a sur por toda América. Se les juzga por las decisiones que determinaron el curso de la historia en un momento dado del país o del mundo. Y eso es lo que es la historia. Para poner un ejemplo de la historia contemporánea, juzgo a Stalin por haberse aliado con Churchill, Roosevelt y De Gaulle para derrotar a Hitler, Mussolini e Hirohito; por haber definido la Segunda Guerra Mundial en las batallas de Stalingrado y Leningrado contra Hitler; por haber formado la Unión Soviéti-ca y haber transformado su economía hasta el punto de resistir a Hitler y derrotarlo.
Dirigido por Rafael Uribe Uribe, el liberalismo de la última década del siglo XIX rompió con Núñez. A la muerte del “regenerador” el gobierno, presidido por Miguel Antonio Caro, desata una persecución sin medida contra los liberales. Los encarcela, los deporta, los man-da asesinar. Por esa razón Uribe Uribe conduce el Partido Liberal a la guerra de los Mil Días. Núñez había sido el ministro de Hacienda del segundo gobierno de Mosquera, había partido para Europa como cónsul en Manchester, Inglaterra y allí había sido testigo del pro-ceso de industrialización de Europa agitada por la lucha de los obreros sometidos a espanto-sas condiciones de trabajo. En 1870 regresa al país decidido a acceder a la presidencia. Con-forma una disidencia del Partido Liberal, se une con los mosqueristas dirigidos por Julián Trujillo, proclama como presidente del Congreso su consigna de lucha “regeneración admi-nistrativa fundamental o catástrofe” y llega al gobierno en 1880. Es reelegido tres períodos más. Impulsa la Constitución de 1886 que redacta Miguel Antonio Caro, jefe de la línea fundamentalista del Partido Conservador, con cuyo apoyo había llegado Núñez al gobierno y se había mantenido en él. Núñez se había prometido desde Manchester que no permitiría la transformación de su país de la artesanía a la industria para anular la posibilidad de que en Colombia se repitieran los levantamientos obreros. La Constitución del 86 es para eso, mantener la economía terrateniente y artesanal del país, impedir por todos los medios las condiciones de modernización política e ideológica, reabrirle el camino de dominación a la Iglesia Católica sobre la tierra y sobre la educación, atornillar esa economía feudal que do-minaba en el país.
Liévano dedica su obra a cambiar la imagen de Núñez que le había dejado al país la tradi-ción del liberalismo decimonónico. Esa imagen es la que nos deja los panfletos de José Ma-ría Vargas Vila. El gran panfletario llena a Núñez de oprobio con un vocabulario de insultos que reflejan a fondo la contradicción histórica en torno al “regenerador”, por haber traicio-nado la revolución democrática del siglo XIX, contra el poder omnímodo de la Iglesia que quería preservar los privilegios que España le había entregado durante la Colonia. Núñez triunfa porque enarbola una sola bandera, contra el federalismo de los radicales a favor del centralismo. Pero Liévano le abona la creación de un banco central cuyas funciones en un país feudal eran tan ineficaces que va muriendo por inanición sin ninguna trascendencia his-tórica. La “nueva historia” sigue a Liévano y convierte al banco nacional en una especie del Banco de la República que sólo nace con la Misión Kemmerer en el gobierno de Pedro Nel Ospina sólo hasta 1924; elude juzgarlo por la entrega de la educación a la Iglesia que dura un siglo; Liévano no está con Santander, no está con las reformas de los liberales radicales de mitad del siglo XIX, defiende los artesanos, se inclina en favor del proteccionismo, unas veces a favor de Mosquera y otras en contra; le perdona a Bolívar sus errores dictatoriales y anti estadounidenses; está muy en la línea de los historiadores latinoamericanos, especial-mente cubanos y mexicanos, que pasan por alto el significado de la independencia de Esta-dos Unidos como la primera revolución democrática de la historia porque lo consideran im-perialista a todo lo largo del siglo diecinueve. Por esa razón, ni Liévano ni la Nueva Histo-ria.
No puedo estar de acuerdo con la defensa que Liévano hace de la institución de los resguar-dos y de los ejidos. Ni tampoco con la de los artesanos. Son instituciones feudales, medieva-les, rezagos coloniales que se habían apoderado de la producción impidiendo su desarrollo. No demuestran sino el atraso, el estancamiento, el rechazo al avance de la sociedad. Su po-sición conduce a Liévano a una diatriba contra José Hilario López y Murillo Toro, compro-metidos con reformas profundas que en 1850 golpearon a fondo las instituciones coloniales y medievales reinantes en el país. No es de extrañarse, entonces, que Liévano se haya con-vertido en el defensor de Rafael Núñez, en el enemigo de los liberales decimonónicos que luchaban, bien o mal, contra el atraso de la economía nacional. Germán Arciniegas elabora-rá una historia de Colombia opuesta a la de Liévano. Mi maestro Francisco Mosquera, en su extraordinario discurso en honor de Arciniegas, para resarcir la humillación que el gobierno de César Gaviria le había asestado destituyéndolo de la comisión del segundo centenario de la independencia, se refería al tema de las instituciones atrasadas que normas modernas re-sucitaban sin sentido: “Las expresiones comunales de apropiación, típicas en los principios de la noche colonial, se basaban en la antiquísima organización gentilicia que hallaron los españoles y obedecían a las necesidades monárquicas de recoger tributos y utilizar las mano de obra de los naturales… Sin excepción alguna, a los sectores indígenas sobrevivientes se les debe respetar sus tradiciones y culturas, pero algo muy distinto será sembrarlos como plantas en las formas de producción ya relegadas por los logros del desarrollo.” La defensa de estas instituciones conduce a Liévano a favorecer la rebelión de José María Melo y a po-nerse de acuerdo con José María Obando contra Mosquera, contra López y, en ese momen-to, contra los radicales. La defensa del atraso contra el desarrollo.
Tirado Mejía no es discípulo directo de Liévano pero asume su posición histórica y su posi-ción en la política nacional. Histórica por la defensa de López Pumarejo y política por su colaboración con el gobierno de López Michelsen. En ambos casos coincide con Liévano, ministro de Relaciones Exteriores de López Michelsen. Tirado pudo haber dejado constan-cia histórica de su oposición al robo de Panamá, al asalto de Estados Unidos sobre el petró-leo colombiano en el primer tercio del siglo XX. Pero ha contribuido más eficazmente que Liévano a la defensa de López Pumarejo. Su libro sobre el pensamiento del Presidente Libe-ral no deja duda sobre la comunión con su obra y su pensamiento. López Pumarejo es quien inicia en Colombia del siglo XX lo que yo llamaría la política de cambiar lo superficial para dejar intacta la estructura económica nacional. Es indudable que se arriesga a tocar la es-tructura de la tierra sin resolver su concentración; a relacionarse con al movimiento obrero en pleno desarrollo para neutralizarlo; a abrirle el camino a la explotación petrolera para entregársela a los gringos; a la reorganización de la administración pública para ponerla al servicio del imperialismo norteamericano. Tirado analiza los cambios que produce López partiendo de la realidad del atraso nacional adjudicado en gran medida a la hegemonía con-servadora de cuarenta años iniciada por Núñez y Caro. Tirado descubre la contradicción de López con los regímenes conservadores, pero deja en el tintero el carácter imperialista de su modernización con el modelo de Franklin Delano Roosevelt, a quien admiraba por encima de cualquier consideración.
Es extraño, en una obra de casi quinientas páginas de gran formato, Tirado no menciona para nada el Tratado de Comercio firmado por López con Estados Unidos. De sus efectos demoledores para la incipiente industria nacional sólo lo libró al país la Segunda Guerra Mundial pero, como queda dicho, vinieron a sentirse una vez el país del Norte quedó hege-mónico en el mundo. Tirado, en su afán de defender a López, olvida el papel modernizador de Estados Unidos así como la competencia de la industria desarrollada contra una que ape-nas despegaba en el país con un retardo secular. López juega ese papel histórico, el de ser el gran modernizador. Sin la modernización lopista hubiera sido imposible el surgimiento, en ese momento histórico, del capital financiero en el país, la exportación de capital, el desa-rrollo de la mano de obra barata, la alineación efectiva en política exterior, en suma, lo que Lenin denominó la dominación imperialista de carácter indirecto, sin las características de un dominio colonial. Por eso Tirado no tiene dificultad alguna en colaborar con el gobierno del hijo de López Pumarejo, también Alfonso, en 1974, ya en pleno auge la dominación es-tadounidense en un país modernizado con el dominio del capital financiero.
Germán Arciniegas “es otra cosa”. Así se titula una de sus obras para señalar que la historia de América, a la que dedicó sus escritos, “es otra cosa”. Lo descubrí muy tarde, a raíz del bicentenario de la independencia. Lo había leído antes a trochas y a mochas, sin captar su verdadera trascendencia en la historiografía colombiana. Señalo tres aspectos de su obra que caracterizan su pensamiento y su aporte a nuestra historia. Primero, el Descubrimiento de América. No importa que antes que Colón hubieran llegado los que hubieran llegado de Asia o Europa, le corresponde a él y a los que le siguieron haber encontrado el sitio exacto que le corresponde en la tierra, a la que él probó ser redonda y no plana como la del Géne-sis. Arciniegas dedica gran parte de su obra a iluminar la hazaña de Colón, de los Magalla-nes y los Vespucio que por primera vez en la historia de esta humanidad por fin definieron el sitio donde nos encontrábamos. No importa que sostuviera con los monarcas que había llegado a donde les había dicho que viajaba por otro camino a la India. Cómo trabaja Arci-niegas el descubrimiento. Cómo lo caracteriza para todos aquellos que intentan desconocer-lo o ignorarlo. Vale la pena releerlo.
Segundo, la Independencia. Arciniegas estudia la hazaña de Bolívar y Santander, su origen, su trayectoria en la liberación de España y su papel en la construcción de la Nación. No se deja enredar en las demagogias de izquierda o derecha para caracterizar a Bolívar. Ni el po-pulismo de Chávez con Bolívar ni el fascismo de Alzate Avendaño para colocar a Bolívar en la extrema derecha. Ni la saña del bolivarismo radical contra Santander ni la furia demo-cratera de los santanderistas contra Bolívar. Para Arciniegas, Bolívar es el máximo dirigente de la hazaña independentista. No importa su dictadura de los últimos años. Le daríamos un 80% positivo sobre 100. Pero la revolución educativa de Santander, base de la educación pública nacional, permanece como el modelo que tomaron los liberales radicales del siglo XIX con la reforma educativa de 1870 y que permanece como tal para la misma educación contemporánea. De la enseñanza de Arciniegas le daríamos a Santander 90% positivo sobre 100. No tiene sentido histórico la tendencia en boga de invalidar el descubrimiento por las consecuencias negativas para los indígenas y los esclavos negros traídos de África. Tampo-co para negar la independencia de España. Fue indignante el artículo publicado por la minis-tra de Cultura del gobierno de Uribe en El Tiempo el 20 de julio de 2010 en conmemoración del grito de independencia, al reivindicar su origen racial africano y negar la lucha de inde-pendencia en la que Bolívar liberó todos los esclavos que se vincularon a la lucha y puso las bases para la liberación de todos legalizada por José Hilario López en 1850.
Tercero, América. Sí, Colón sostenía que lo que había descubierto era otra cosa. Sí, tampo-co sabía qué era. Para Arciniegas América es una sola. Y también se duele de que el Norte haya impuesto su dominación. Claro, trabaja el proceso de la colonización de América del Norte de carácter protestante dirigido a construir una sociedad que reemplazara la que ha-bían abandonado por persecución religiosa. Y la distingue de la de los conquistadores del Sur obsesionados por la extracción del oro y de todo cuanto encontraran para enriquecerse de vuelta al viejo continente. No importa que Cortés hubiera quemado sus naves para morir en el nuevo continente. Su libro más importante se titula El continente de siete colores, libro apasionante, de un estilo transparente, brillante y americano. La obra de Arciniegas es ajena a las modas impuestas por los historiadores cubanos o por la izquierda argentina o uruguaya sobre América Latina los cuales, incluso, se atreven a negar el descubrimiento y la indepen-dencia como la línea extrema de los indigenistas. Por su posición americanista, no españo-lista, sí independentista, reivindico a Arciniegas. Así puedo decir, no estoy de acuerdo con Liévano Aguirre ni con Tirado Mejía, pero sí con Arciniegas.
NOTA: La mención de mis parientes en este trabajo es simplemente histórica y no significa ninguna coincidencia con su política, ni con la de mi abuelo, ni con la de mis tíos. Es, sim-plemente, historia de Manizales y del país. Ya dejé claro que nunca milité en el Partido Li-beral ni en el Partido Conservador. Hoy trabajo en el Polo Democrático Alternativo, con el senador Jorge Enrique Robledo y Clara López. Así es la historia.
BIBLIOGRAFÍA MÍNIMA
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