La flor y el telescopio

La flor y el telescopio

Bogotá, D.C., 10 de julio de 2019, Guillermo Guevara

La ciencia es una hermosa empresa del intelecto humano, tan hermosa como pueden ser las más elevadas expresiones del arte y de la filosofía. Mientras los filósofos buscan explicar las razones últimas de nuestra existencia y los artistas plasmar la belleza de lo intangible, los científicos indagan sobre las causas mediatas e inmediatas de los diversos fenómenos que en el mundo ocurren valiéndose del inexorable método científico, del preciso formalismo matemático, planteando teorías, concatenando observaciones y diseñando experimentos que terminan por respaldar o rechazar una hipótesis hasta encontrar el camino seguro que conduce hacia la verdad científica.

Tener pensamiento científico no es ver únicamente en los colores de las alas de una mariposa un fenómeno de refracción lumínica; es también saber que la belleza surge de las diferentes formas que adquiere el infinito movimiento de la materia. Alguien puede afirmar que el científico no aprecia la belleza de una flor, de una mariposa o de una galaxia en la misma medida que el artista; que el científico los convierte en objetos sin interés, pues los analiza y los descompone. El físico y premio nóbel Richard Feynman no estaba de acuerdo con ese análisis: “Me parece que está diciendo una bobada. Para empezar, la belleza que él [el artista] pueda ver también está a la vista de otras personas y también de la mía, creo, aunque tal vez no sea yo tan estéticamente refinado como él. Pero yo puedo apreciar la belleza de una flor… y puedo imaginar las células que hay en ella y los procesos complejos que se desarrollan en su interior, que también tienen su belleza. Lo que quiero decir es que no se trata sólo de belleza a la dimensión de un centímetro; hay también belleza a escalas inferiores: la estructura interna. También [hay belleza] en los procesos; el hecho de que los colores de la flor hayan evolucionado para atraer insectos que la polinicen reviste un gran interés, pues significa que los insectos ven los colores… Hay toda clase de preguntas interesantes que demuestran que el conocimiento de la ciencia no hace más que sumar a la emoción, el misterio y la admiración que nos produce una flor”.

Paulo Muñoz, nariñense de nacimiento y maestro por convicción, que a tan temprana edad nos acaba de dejar (por eso y al igual que Miguel Hernández, “no perdono a la muerte enamorada”), fue también poeta, divulgador de la ciencia, amante de la buena música, además de un indeclinable defensor del pensamiento racional. Paulo era un fervoroso creyente sin fisuras del Poderoso… su amado y sufrido Deportivo Independiente Medellín. Que conocimiento científico y poesía pueden convivir cercanamente lo plasmó el inolvidable Paulo al describir los tres estados físicos que adopta la molécula del líquido que sustenta la vida en nuestro planeta: “El agua siempre fue más feliz en la paz del hielo, aunque recuerda con nostalgia la turbulencia de su liquidez. Pero lo que más ansía es la libertad de evaporarse al cielo”.

Terció en el debate entre arte y ciencia con el ingenio, belleza y sabiduría que caracterizaba su palabra, y lo resumió con la elegancia propia de quien se emociona con la flor y el telescopio de manera magistral: “Quien diga que la ciencia le quita poesía a la vida no sabe de ciencia ni de poesía”.