Gonzalo Hugo Vallejo Arcila, El Diario (Pereira), 17 de octubre de 2018

Un cuento llamado “El manto del hereje”, incluido en la retrospectiva del escritor alemán Bertold Brecht (“Kalendergeschichten”, “Historias de Almanaque”) y una obra teatral (“La vida de Galileo”, 1940), considerado el testamento literario del gran innovador de la dramaturgia contemporánea, son el eje contextual que nos permite adentrarnos en las vidas paralelas y la obra prometeica de estos dos personajes, considerados al lado de Copérnico, Miguel de Servet y Johannes Kepler como íconos del pensamiento libertario y los precursores de la ciencia moderna. Transcurrían los primeros meses de 1600. Comparecía ante los jueces del Tribunal de la Inquisición un hombre de 52 años llamado Giordano Bruno.

Siete penosos años en los calabozos habían transcurrido sin haber doblegado el carácter y los principios de un libre pensador. Allí pudo revisar, uno a uno, los pasajes claroscuros de su vida conflictiva y trashumante; sus atrevidos filosofemas que pusieron en entredicho los dogmas y atavismos de la Iglesia y los paradigmas socioculturales de su tiempo; sus prédicas sobre la unidad entre Dios y naturaleza, la infinitud de un universo sin centro alguno, lleno de planetas habitados. Apóstata de la orden dominica, detractor del calvinismo y del luteranismo; crítico de Aristóteles y del pensamiento tomista y escolástico; defensor de los pitagóricos, neoplatónicos y gnósticos; promotor de la cosmología copernicana…

Un artículo reciente del periódico “El País” de España nos habla del polémico pensador: “Con su obra, Giordano Bruno hace saltar por los aires las murallas del pensamiento medieval, y da inicio a la filosofía moderna como dice James Joyce. El nolano retomó el pensamiento filosófico más antiguo, el atomismo de Demócrito, la dialéctica de Platón, el devenir de Heráclito y el ser de Parménides, llegó hasta la sabiduría mágica egipcia y de allí se proyectó hacia el futuro. Fue embajador del pensamiento de Copérnico, precursor del materialismo de Spinoza y de la crítica al cristianismo de Nietzsche. Alguna consideración sobre el valor social del trabajo parece anticipar también al joven Marx.

“La verdad no cambia porque es creída por la mayoría de las personas… Las religiones son un instrumento de poder y empujan al ser humano a guerras fratricidas y luchas sangrientas… Existen innumerables soles en los cuales orbitan tierras iguales a la nuestra y albergan vida inteligente… No te hagas juez si con la virtud y la fuerza no eres capaz de romper las acechanzas de la injusticia… El miedo que vosotros sentís al imponerme esta sentencia tal vez sea mayor que aquel que siento yo al aceptarla… No importa cuán oscura sea la noche, espero el alba; aquellos que viven en el día esperan la noche. Por tanto, regocíjate y mantente íntegro, si puedes”, son algunas reflexiones del “filósofo del infinito”.

El 8 de febrero de 1600 fue leída la sentencia en que se le declaraba “herético impenitente, pertinaz y obstinado”. Se le condenaba a morir en la hoguera, además de ser expulsado de la Iglesia y sus libros quemados en la plaza pública. El cardenal Paul Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, aclaró: “La hoguera en el Campo de Fiori es ciertamente uno de esos momentos históricos, de esas acciones que hoy día solo pueden ser deploradas con claridad”. El Vaticano prometió para el año 2000 desclasificar y develar todos los archivos existentes sobre el juicio y la condena de Giordano Bruno. “Muero como un mártir” fue una de sus últimas palabras.

De igual forma, en 1992, el papa Juan Pablo II en una controvertida proclama intenta enmendar el colosal error de Urbano VIII: el juicio irregular adelantado contra Galileo Galilei. “Galileo formuló unas normas epistemológicas importantes e indispensables para reconciliar las sagradas escrituras y las ciencias”, exclamaba el prelado. Un titular hipócrita se escribe en la prensa adepta al Vaticano: “La Iglesia ha perdonado a Galileo”. 359 años antes, un 22 de junio de 1633, entraba en el palacio de la Minerva en Roma, sede del Tribunal de la Inquisición, un venerable anciano, de cara grave y macilenta, casi ciego, blanca la barba y el cabello, agobiado por el peso de los años, el oprobio y las enfermedades.

En uno de los recintos envueltos en una luz mortecina, los prelados y cardenales que formaban la tenebrosa corte, esperaban la llegada del acusado quien se aprestaba a entrar al intimidante conciliábulo rodeado por los cancerberos del Santo Oficio. Atrás quedaban los experimentos de Física, Matemáticas y Astronomía del pisano: la ley de la caída de los cuerpos, el principio de la inercia, el movimiento parabólico, la balanza hidrostática, el termoscopio, el telescopio y cien inventos y descubrimientos más, al igual que 23 años de persecución al autor y a su obra (“El Mensajero Celeste”, “El Arquero”, “Diálogo sobre los dos mayores sistemas”).

Se dio lectura de la sentencia humillante que le condenaba “a la prisión especial de nuestro Santo Oficio, por el tiempo que nos plazca determinar” y acto seguido se le obligó a leer en alta voz un escrito cuyo texto decía: “Yo, Galileo Galilei, hijo del finado Vicente Galilei, florentino, de edad de 70 años, constituido personalmente en juicio y arrodillado ante vosotros, eminentísimos y reverendísimos cardenales, nombrados inquisidores por la Iglesia Universal contra el crimen de la herejía, tendiendo ante mis ojos el Santo Evangelio que toco con mis manos, juro haber creído siempre, creer ahora, y con la ayuda de Dios creer en adelante, cuanto predica y enseña la Santa Iglesia Apostólica y Romana (…).

(…) Me he hecho altamente sospechoso de herejía por profesar el sistema de estar el Sol inmóvil y en el centro del mundo y de no estar la Tierra en el centro y fija. Queriendo por este motivo borrar de la mente de vuestras eminencias y de todos los cristianos católicos tan fuerte sospecha concebida contra mí, con corazón sincero y firmísima fe, abjuro, maldigo y detesto los antedichos errores, herejías y en general cualquier error contrario a la Santa Madre Iglesia y juro no decirlos de palabra, ni publicarlos por escrito, así como también que denunciaré a este Santo Oficio o al inquisidor o al ordinario del lugar en que me encuentre a quien quiera que se pueda acusar o sospechar de herejía.

Si faltase a lo jurado, pido que se me apliquen todos los castigos señalados contra los culpables por los sagrados cánones y demás constituciones generales. Así Dios me ayude y los Santos Evangelios que tengo en las manos. Yo, Galileo Galilei, abjuré cuanto consta más arriba; juré, prometí y me obligué como queda expuesto, en fe de lo cual suscribo de propia mano la presente que he leído palabra por palabra. Roma, en el convento de la Minerva en este día 22 de junio del año 1633. Yo Galileo Galilei”.

Uno de sus biógrafos narra la execrable escena: “Con el terror en el corazón, la vergüenza en el alma y voz balbuciente, se sometió el infortunado anciano al mayor de los sacrificios morales que podía imponérsele: la negación de la verdad escrita por el mismo Dios con letras de fuego en el firmamento”. Se ha dicho que, al retirarse Galileo de aquel humillante acto, murmuró entre dientes: “Eppur si muove” (“Y sin embargo se mueve”). Algunos autores sostienen que un hombre enfermo, lleno de miedo y de hastío, como debía estarlo Galileo en aquella ocasión, no tuvo alientos ni siquiera para balbucear aquellas palabras que podrían haber provocado la ira del intolerante y suspicaz tribunal.

La muerte en la hoguera de Giordano Bruno y la persecución implacable de su amigo Descartes, estaban bien presentes en la mente de nuestro medroso y acongojado personaje. El exponente de la duda metódica al ver la ingrata suerte de su amigo se abstuvo de publicar su “Tratado del Mundo” que hubiera revolucionado los conceptos cosmológicos de aquel entonces. La falaz y criminal chancillería le tenía en sus garras y de ellas acababa de escabullirse, todo a costa de la más ignominiosa humillación que conoce la historia de la humanidad. “Los beneficios deben escribirse en bronce y las injurias en el aire”, es otra de sus frases, cuya autoría, frente a la injuriosa crueldad de los hechos, muchos ponen en duda.

En los últimos tiempos se han escrito sentidas páginas “llenas de perdón”, tratando de restarle importancia a la condena de los estudios de Galileo que abrumaron al mundo de aquella época y en particular a su prisión domiciliaria de 9 años en Florencia, hasta su muerte en 1642, odioso encierro que lo han descrito, en medio de sutilezas e hipocresías, como un “paternal apartamiento del mundanal ruido”. 200 años más tarde (1835), sus obras aún permanecían en el Index librorum prohibitorum (catálogo de libros prohibidos por la Iglesia Católica). “La historia -decía alguien-, es ese negro expediente donde se depositan los crímenes de la humanidad”.

“La verdad es hija del tiempo y no de la autoridad” es la frase descollante en la obra “La vida de Galileo” de Bertold Brecht. El dramaturgo alemán irrumpe en una de las presentaciones de su obra teatral y exclama en pleno apogeo del Tercer Reich: “¡Yo soy Galileo! ¡El nazismo, el fascismo, el totalitarismo y el nacionalismo son la peste!”. Nosotros debemos convertirnos más que en herederos, depositarios del pensamiento del arquero celeste.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *