El conocimiento, ¿para qué?

El conocimiento, ¿para qué?

Julián López de Mesa Samudio, El Espectador, Bogotá, noviembre 24 de 2010

LAS LLAMADAS CIENCIAS SOCIALES están en crisis.

Y en Colombia no somos la excepción. Pretendiendo dar explicaciones para fenómenos y dinámicas sociales, la mayor parte de los científicos sociales ha ido apartándose de éstos, enclaustrándose en templos de conocimiento casi inaccesibles, y protegiendo sus prerrogativas bajo títulos hueros cuya sola mención genera la idea de una autoridad incontrovertible. El doctor de hoy es el obispo del siglo XIV. En los últimos tiempos, la academia se ha encargado no sólo de entorpecer la creatividad de las generaciones jóvenes y de coartar cualquier esfuerzo en pos de la originalidad, sino que, más preocupante aún, ha logrado que su pesimismo e insatisfacción constantes hayan desbordado los altos muros de sus universidades, ahogando en el desasosiego a otros sectores de la sociedad.

Aparte de los deleznables principios organizacionales y de la deshumanizante filosofía empresarial, es quizás el llamado “pensamiento crítico” preconizado por las ciencias sociales y sus intelectuales contemporáneos, el modelo académico —único e incuestionable— más negativo que haya podido afectar a nuestra sociedad. Y lo es pues eso que llaman “pensamiento crítico” se ha ido deformando en los últimos tiempos para convertirse en el monstruo del escepticismo: no creer en nada, no tener fe ni esperanza, pues estas dos palabras están hoy asociadas con el atraso y la superchería de tiempos oscuros. Tiempos ya superados. Pero, ¿de qué manera se puede hacer un mundo mejor cuando nada es suficiente?

El intelectual de hoy se burla desdeñosamente del erudito y el humanista de antaño por considerarlo estéril, inútil y vetusto. El “espíritu crítico” le dicta que ha de estar permanentemente insatisfecho y que todo conocimiento que sea accesible por muchos ha de ser mirado con sospecha, cuando no con deliberada animadversión. El científico social mira con recelo la sencillez, pues dentro de su credo se repite hasta el paroxismo la necesidad de “complejizar” y “problematizar”, más no de resolver y simplificar. Los académicos se encargan de guardar con celo devocional sus mezquinas y cada vez más limitadas parcelas de conocimiento. Un conocimiento que en buena parte de los casos es árido e ininteligible para la mayoría de los no iniciados, pues se fundamenta en la invención de jergas y conceptos enrevesados y que se vuelven cada vez más sagrados en proporción a su progresiva oscuridad. Y es tan patente esta situación cínica, obtusa y desalmada que hasta la mal llamada sabiduría popular lo recuerda: confunde y reinarás.

Se hace necesario entonces reformular la percepción que se tiene de los profesores, los intelectuales y, por sobre todas las cosas, el conocimiento. Todo conocimiento que abrume, que abochorne, o lo que es peor, que aburra y sea eventualmente ignorado, no vale la pena. El conocimiento ha de extasiar y sorprender; ha de producir sed, asombro, curiosidad por saber más. Los maestros cuyas palabras más profundamente nos han marcado, aquellos con quienes tenemos una deuda de gratitud inconmensurable e impagable, aquellos cuyas enseñanzas se marcaron con fuego en nuestro espíritu, fueron siempre los más generosos, quienes nos maravillaron con su conocimiento alimentando nuestras pasiones y fomentando nuestras obsesiones vitales. Los maestros que cimentaron nuestro camino lo hicieron porque nos hablaron con claridad y honestidad y tocaron una fibra íntima de nuestra alma haciéndola vibrar.