Francisco Torres

Secretario Relaciones Internacionales FECODE
Bogotá, abril 19 de 2014
 
 
En aquellos días Cien Años de Soledad ya zumbaba por el mundo como la cuerda de una inmensa guitarra tocada por los golpes del viento. Y esa música había entrado a mi casa para aposentarse en el multimueble donde se agolpaban los libros. Hasta esa fecha mis ojos habían tenido por pasto las lecciones de historia sagrada, los textos escolares de historia, Carrasquilla, Verne, Salgari y una enciclopedia comprada por tomos, que olía a libro nuevo de estampas, que es el mejor olor del mundo. Mi fiebre se había zampado cuanto papel poblaba la casa. Por eso alcé los ojos glotones al nuevo habitante que de pie, recostado a la enciclopedia, con su indiferencia me incitaba a lo desconocido.
 
Recuerdo que mis once o doce años lo tocaron sin abrirlo, pasaron sus dedos desde la carátula al lomo, lo olieron sintiendo el aroma de la tinta fresca. Cuando iba a empezar, como de costumbre lo hacía con cualquier libro, a correrlo como a un caballo árabe, llegaron mis padres. Traían unas talegas. Mi mamá no lo tocó, se dirigió a los dos, a Alfonso Torres, mi papá, que lo mismo jugaba conmigo como otro niño corriendo insensato tras la pelota, que me llevaba a hacer mercado para que hiciera cuentas mentalmente y me recompensaba con una caricia de su mano; y a mí, lector precoz, destructor de materas, adorador del futbol, para decir con la tranquilidad que siempre le ha dado la fuerza de su carácter que aún no era tiempo para que lo leyera. Alfonso Torres no dijo nada, pero bien sabía porque lo había comprado y traído a casa.
 
Pasaba y pasaba por la biblioteca, le tocaba el lomo, pensaba en que contendrían los cien años aquellos. Por aquellas calendas de comienzos de la década de los setenta, ¿a quién preguntarle? Sin internet, sin valor para llamar a consultas a un profesor o a un mayor de edad, sabía por las usuales vías en que se bifurca y enreda la comunicación que lo único prohibido es cierta actividad entre hombres y mujeres ¿Sería eso entonces? Porque el cantar de los machetes en los campos de batalla no ha sido nunca materia de vergüenza ni de vencedores ni de vencidos.
 
En la noche se pusieron a hablar. Acostados, el rumor de sus palabras llegaba hasta mí como si fueran olas, las repetidas olas de su bondad, de su inalterable preocupación por los hijos. En esa ocasión ninguna palabra sobresalió de la otra como si la diferencia del día no tuviera fuerza para suscitar alguna discusión. Fui al colegio, volví y en la sala continuaba esperándome el libro, recostado a la enciclopedia como un campesino borracho que nunca pierde del todo la compostura y que, no obstante, guiña el ojo pícaro ¿Cuáles serían sus historias?
 
Noche tras noche de las siete que pasó mi padre en casa, antes de volver al pueblo donde trabajaba, traté de distinguir las palabras cuando se acostaban. Y noche tras noche me llegaron en forma de suave romper del agua en la arena. Hubiera querido poder estar en su cama acostado entre ellos, como lo hacía antes, para preguntarles cuál sería al final la decisión sobre aquel que me esperaba en la sala.
En la séptima mañana, antes de salir para el colegio lo vi levantado –él, tan dormilón- para despedirse de nosotros. Habíamos desayunado. Con las maletas al hombre, sin orden ni concierto, porque con él no había ceremonias sino la fabulosa familiaridad del más genuino amor fuimos besados los tres. Un beso y un refuerzo a la mesada. Entonces me dijo sin ninguna admonición, sin las manidas prevenciones que secan los corazones, que ya era hora que leyera cosas serias y me volvió a besar. Salí a la calle del frío. La niebla barría mi camino.
Pasan tantas cosas, es tan apretado el tiempo en el colegio, que apenas a la hora de salir pude posesionarme del deseo. Allá estaba. Devoré con un trote carretero las calles con la maleta golpeándome el costado, subí las escaleras y lo arrebaté de la compañía del tomo de la A.
 
Mi mamá no agregó nada. Ya la había convencido el jugador de pelota en alguna de esas rumorosas conversaciones nocturnas, que había de darme alas. O quizás ella había decidido cambiar recordando como antaño leía en voz alta a sus ancianas tías, El Quijote, plagado de malas palabras y de anhelos de Rocinante por yogar con las señoras yeguas. Nunca lo pregunté. Tan sólo debí comparecer a la mesa a almorzar y luego, arre, a lo tuyo. No sé cuántas veces leí sobre los pescaditos de oro, las piedras como huevos prehistóricos, las innumerables guerras civiles, la sangre corriendo sabia por las calles de Macondo. Y, naturalmente, de los placeres carnales de los Buendía.
 
 
 

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